“Modelos obsoletos, nuestra especialidad”. El aviso es un flash que aparece en una breve secuencia de Watchmen (Vigilantes) al lado de un taller de automóviles, pero lo que reenforza es la acerba ironía de un filme realizado con el desmedido propósito de celebrar satíricamente la descomposición de una sociedad mundial que agoniza, junto con sus patéticos superhéroes. El director Zach Snyder (300) se la juega y hay que reconocerlo: aquí debemos olvidar todas las fantasías de Supermanes, Spidermanes y demás, porque su película tiene la misma fuerza de un golpe bajo o de una jalada de alfombra, donde la caída es a un agujero negro muy terrenal.
No quiero que los lectores se alejen de Watchmen. Olvídense de verla con sus niños, porque la película no pretende dirigirse a ellos. En nuestro mundo actual se ha perdido la inocencia de los cómics originales. Estamos en la Nueva York de los años ochenta reglamentada a un reloj que solo marca los cinco minutos antes del Juicio Final. EE.UU. está al borde de una guerra nuclear con la Unión Soviética, que se dispone a invadir Afganistán. Inconcebiblemente, el presidente Nixon –en su tercer mandato– acude a un grupo de exsuperhéroes, uno de los cuales fue su arma letal para ganar la guerra de Vietnam. Aquí la historia es una broma falaz que solo sirve para transgredirla.
Los apesadumbrados protagonistas se reúnen también para investigar el asesinato de El Comediante (Jeffrey Dean Morgan) al principio, obertura de la fantástica escena de los créditos iniciales donde Silk Spectre (Malin Ackerman), una lesbiánica mujer maravilla, enfrenta desastres tan aparatosos como los del Búho Nocturno (Patrick Wilson) o los de Rorschach (Jackie Earle Haley) con su aterradora máscara cambiante, o el misticismo letal posnuclear del Dr. Manhattan (Billy Crudup) con su etéreo nudismo frontal, o la misteriosa personalidad del todo-lo-sabe Ozymandias (Mathew Goode) y su perverso secreto. Luciendo como marionetas, con Nixon aparecerán otras luminarias: Kissinger, Iacocca, Andy Warhol y hasta Fidel Castro. Los inspirados acordes de The times they’re A-changing de Bob Dylan nos remontan a una cultura mundial años antes, donde el mundo y sus íconos idealistas desaparecieron.
Los tiempos siguen cambiando y Watchmen se enfoca a una reflexión onírica de lo que heredamos: la bancarrota moral donde el único recurso de salvataje es la revolución social o el holocausto que acaba con media humanidad. Esta anárquica percepción es la obra de Alan Moore, excéntrico escritor británico que creó Watchmen en 1985 junto con el dibujante Dave Gibbons para un cómic en doce entregas. Reunirlas en un tomo fue la base de lo que después se convirtió en un nuevo género: la novela gráfica.
Moore parece un rasputínico gurú de la era pop y sus virulentos epítetos al establishment de su país y de Hollywood se multiplicaron al atacar la filmación de su obra V de Vendettay ahora Watchmen. Su nombre no aparece en los créditos. “Todas esas películas (de cómics) me hacen sentir como un pajarraco alimentado con las mismas lombrices”, dice Moore, quien nunca ve la filmación de sus creaciones.
Es una pena. Watchmen en pantalla grande destila un universo nuevo, iconoclasta, vociferante. A la pista de un mal mayor que el de los cráneos letales que gobiernan el mundo, estos vigilantes se alían de nuevo para ir mucho más allá: el mal podría estar entre ellos mismos y el armageddon llegará. Moore investigó los clásicos romanos en los albores del primer milenio, en unos versos de Juvenal, dudando de la fidelidad de las esposas: “Soy consciente del consejo de mis amigos/ ‘enciérrala y pon el cerrojo’/ pero ¿quién vigilará a los vigilantes?”.