A sus 66 años ha aportado más que suficiente a la historia de la música y sin embargo, no muestra señales de quitar el pie del acelerador. Cada nuevo disco del artista es recibido con palabras mixtas. Unos destacan su empeño en seguir adelante con música que sigue cautivando a los oyentes, mientras que algunos insisten que aunque “el guapo” del antiguo cuarteto de Liverpool se arriesga a probar cosas nuevas, debería averiguar cuánto costaría su hospedaje en el asilo de ancianos.
Es verdad, a veces el rostro de McCartney se asemeja al de Brad Pitt a lo largo de la cinta El curioso caso de Benjamin Button. Recuerdo que en los ochenta se dejaba ver las primeras canas y arrugas en su rostro. Pero con el paso del tiempo pareciera hacerse más joven aún. Lo curioso de este caso no radica en su físico, sino en el aspecto mental. Mientras envejece, la sabiduría de este personaje no le quita sus ganas de conocer, vivir y sobre todo, experimentar.
Si hay algo que la gente suele confundir de McCartney es su estilo musical. Para muchos, es recto, limitado y muy retraído dentro de los confines de lo posible. Siempre se ha tildado a su compañero John Lennon de ser aquel que exploraba los senderos más recónditos del sonido. Hasta el mismo George Harrison experimentó con los inicios de la electrónica y el sintetizador Moog con el disco Electronic Sound de 1969.
Pero fue McCartney, quien solía pasar horas en el estudio junto con el productor de Los Beatles, George Martin, donde poco a poco asimiló que había algo más allá de los sonidos acústicos de Yesterday.
Aquel deseo de viajar por cúspides sónicas y por laberintos electrónicos lo llevó a experimentar por caminos transitados, pero no conocidos. En 1993 aparece un extraño álbum titulado Strawberries Oceans Ships Forest de un grupo desconocido llamado The Fireman. Un disco sin créditos y sin nombres propios para felicitar. Al poco tiempo llegó el descubrimiento que se trataba de Paul y el productor musical conocido como Youth, quien es en realidad Martin Glover, ex integrante de la banda Killing Joke y encargado en la producción del disco Urban Hymns de The Verve.
Juntos siguieron por la ruta del descubrimiento y lo que empezó como un proyecto de remixes para temas de McCartney se convirtió en una banda alterna que trabajó esporádicamente a lo largo de la década. El ex Beatle admitió enamorarse de la música y del modo de trabajo, lo que condujo a más sonidos ambientales con una segunda colaboración titulada Rushes en 1998.
Como dos adictos musicales, ambos se reunieron nuevamente en el 2008, para regalarnos Electric Arguments, un disco que recibió mayor aceptación, una vez que se conoció mundialmente la identidad detrás de los sonidos. A su vez, este disco marcó la primera ocasión que el proyecto le añadió voces a la mayoría de los temas, dadas por una poderosa voz rockera de McCartney.
El primer sencillo Sing the Changes aparece indeciso en una delgada línea que puede convertirse en un inspiracional himno de cambio o en una collage de películas deportivas de los ochenta.
A diferencia de otras colaboraciones, el disco también ofrece algo de blues, riffs muy a lo Tomorrow Never Knows y uno que otro arreglo vocal similar a la época de Wings. Como un disco atrapado en el tiempo y remasterizado con sonidos electrónicos por una especie alienígena de la nueva tierra, algo confundidos, pero de gustos impecables.
Más que una curiosidad, McCartney parece volar con más fuerza mientras se acerca a su futuro ocaso. Como un pequeño ferry alejándose de su Liverpool natal, el legado de nuestro ‘beatle’ no parece haber comenzado a escribir las primeras palabras de su epílogo, más bien parece deseoso de reescribir todo el libro.
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