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| Bajo el prisma de Naipaul |
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| V. S. Naipul, Premio Nobel 2001. | | |
| Hernán Pérez Loose | hperez@ecua.net.ec
“En nuestra sangre, en nuestros huesos, en nuestro cerebro llevamos los recuerdos de millones de seres”.
Estos millones de seres que anidan en nuestra memoria son las piezas de ese rompecabezas que es nuestra herencia y que por tanto tiempo y tan dolorosamente tratamos a veces de armar y otras de olvidar. Esos millones de seres ocupan un lugar especial en el alma de Vidiadhar Surajprasad Naipaul (más conocido simplemente como V. S Naipaul) el gran escritor de origen hindú, nacido en el Caribe y educado en Oxford, que en el 2001 ganó el Premio Nobel de Literatura, y cuya existencia literaria ha sido un oceánico intento por contarnos la vida e historia de los individuos y sociedades de geografías muy particulares como son las antiguas colonias del desaparecido Imperio Británico. Vidas narradas con esa desnudez propia de un forense, sin el triunfalismo de Occidente ni el derrotismo del Tercer Mundo.
Al igual que Salman Rushdie y Paul Scott, Naipaul a través de sus novelas se ha dedicado a dibujar esas borrosas fronteras de identidad que dejó tras de sí el imperialismo inglés. Los “novelistas del Imperio”, como los llama Michael Gorra, profesora del Smith College, en un reciente estudio sobre la literatura que tiene por escenario las últimas décadas del colonialismo británico y las primeras de la independencia.
Buena parte de la obra de Naipaul versa, en efecto, sobre la confusión cultural que dejaron los imperios de Occidente cuando luego de la Segunda Guerra Mundial tuvieron que abandonar sus colonias después de siglos de administración. No es una coincidencia que los personajes e historias de estos novelistas gravitan en lugares tales como el Caribe, la India y el Medio Oriente. Algo que también lo vemos, por razones similares, en la obra de Joseph Conrad.
Mientras Rushdie ve ciertas virtualidades en los efectos del proceso colonizador, así como de la desordenada etapa que marcó su retirada, en términos, por ejemplo, migración, mimetismo o idioma, un optimismo que puede verse en su novela El Último Suspiro del Moro; Naipaul es más bien escéptico sobre la potencialidad creativa del encuentro y ruptura de estos dos mundos.
Y lo es tanto con respecto a la proclamada misión civilizadora de las potencias europeas, como con los caudillos criollos que en nombre de la revolución, liberación y nacionalismo se perpetuaron en el poder y terminaron protagonizando horrendos crímenes.
En su novela Un Camino en el Mundo (editorial Debolsillo. Barcelona. 384pp), Naipaul entreteje memoria e historia para crear una ambiciosa arqueología narrativa del colonialismo, así como un ensayo autobiográfico. En ella Naipaul nos muestra con una prosa admirable como las personalidades se van cincelando por esos macroeventos que hacen a las culturas, y viceversa.
Corriendo por siglos y continentes, y rompiendo todo molde literario, la novela nos cuenta de la vida de personajes que se entrecruzan, incluyendo la del desdichado y medio demente Sir. Walter Raleigh, consumido por su frustrada búsqueda de El Dorado en el Nuevo Mundo; la del insurgente Francisco Miranda, quien en su sueño de liberar América del Sur queda atrapado en sus fantasías e importadas ideas, lo vemos desde su exilio en Trinidad intercambiando cartas con su esposa en Londres; la de un contemporáneo revolucionario caribeño (Blair) que termina martirizado en África del Este cuando cambia su suerte de asesor de un déspota de ese continente; y la de Lebrum, un comunista panameño de los años treinta.
El libro se abre y se cierra con sorpresivos y fascinantes cuadros de la vida del propio Naipaul. Como un niño en Trinidad; como un joven inteligente que ha obtenido una beca para estudiar en Oxford; como un escritor que lucha por sobrevivir en Londres; y luego, en un periodo muy posterior, instalado en algún lugar del África desde donde nos recuenta los personajes e incidentes de su juventud.
El itinerario biográfico de Naipaul es el mejor ejemplo de esa confusión cultural que ha dejado la marca de la colonización de las potencias europeas en las geografías de la periferia de sus imperios.
En varias entrevistas Naipaul recuerda el enorme empuje y apoyo que le dio su padre para que dé riendas sueltas a su vocación de escritor. En una de sus cartas le dice: “No tengas miedo de ser un artista. D. H. Lawrence fue un artista de pies a cabeza; y por ahora a cualquier costo, tú deberías pensar como D. H. Lawrence. Recuerda lo que acostumbraba a decirte ‘el Arte por sí mismo’”. Su padre falleció prematuramente de un ataque cardiaco en 1953 sin poder presenciar el reconocimiento mundial de su hijo.
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