No son sitios donde generalmente uno planifica ir como parte de las vacaciones, tal vez por la lejanía o por la fama que tienen de ser muy lluviosos, pero yo llegué a Seattle y Vancouver por trabajo, y realmente quedé encantada, son dos ciudades modernas, ordenadas y cálidas –como ambiente citadino– no me refiero al clima, pero ya que toco el tema puedo decir que el sol brilló todos los días, cero lluvia, y un frío completamente manejable, un abrigo ligero y una bufanda para ciertas horas, sobre todo por la noche.
La primera parada fue Seattle, ciudad que pertenece al estado de Washington y que está situada al extremo noroeste de los Estados Unidos, a unas 100 millas de la frontera con Canadá, por eso el paso a Vancouver fue muy rápido, en un poco más de una hora por avión.
Regresando a mi primer destino, esta es una ciudad para caminarla, linda vista, amplias avenidas y una cafetería –sin exagerar– en cada esquina, no en vano la famosa cadena de café Starbucks fundó su primer local en esta ciudad en 1971, en la zona de Pike Place Market, que está ubicado junto al área costera, donde muchos de los muelles y desembarcaderos pesqueros fueron convertidos en restaurantes y tiendas. A este mercado vale la pena ir, las flores más espectaculares con los colores más intensos están ahí, frutas variadas y riquísimas están a la mano de los visitantes, pues los vendedores las hacen probar para que luego las lleven, al igual que mermeladas y salsas frutales artesanales que son una delicia. Lo que más me llamó la atención al interactuar con todos ellos fue su sencillez y alegría, y al preguntarles por qué tanta algarabía, contestaban: “Porque vivimos en la mejor ciudad del mundo”. Ellos sí que hacen patria, pensé.
En esta zona está ubicado el Acuario de Seattle, donde hay variedad de peces, estrellas de mar tan coloridas, desde moradas y fresas hasta amarillas, y pulpos gigantes, de dos metros o más.
Al salir del Acuario fuimos a la parte de los restaurantes en busca de mariscos, ya que el seafood es la especialidad. Llegamos a Elliot’s Oyster House y, efectivamente, era el lugar preciso, pues estaba lleno, pero no esperamos mucho, y al ver la carta nos costó trabajo decidirnos, pues tienen unas 25 variedades de ostras, así que lo echamos a la suerte, pedimos algunas y las que más me gustaron fueron las Totten Virginica, ¡pequeñitas, pero qué sabor! También pedimos los crab cakes, pues era el plato más solicitado por las mesas vecinas.
Luego de comer, una larga caminata para bajar la comida y apreciar en pleno todas las tiendas. Hay calles repletas de negocios pequeños, con recuerdos, juguetes, mapas, y por supuesto camisetas con la cara del Dr. Mc Dreamy (Patrick Dempsey, protagonista en la serie Grey’s Anatomy que se filma en esta ciudad).
En las avenidas centrales, sobre todo en la Quinta y la Sexta, están los grandes almacenes y centros comerciales, con tiendas como Nordstrom, Macy’s, Gap, Banana Republic, Old Navy, Antropology, y miles más. Un paraíso de las compras, pues todo está cerca, y también de muchos hoteles, como el Westin al que yo llegué.
No se puede ir de la ciudad sin visitar el Space Needle, una construcción muy alta que se destaca en la urbe. A la estructura se sube en ascensor y desde la cima se tiene una vista de 360 grados,
para apreciar los diversos paisajes. Aquí también hay un restaurante y muchos se quedan luego a almorzar.
Tuvimos la suerte de que los días estuvieran despejados y apreciamos las Montanas Cascade, visibles hacia el horizonte, y también el nevado Monte Rainier, dos atractivos turísticos. También fuimos al teatro de la Quinta Avenida a ver el musical de Shrek, que estuvo emocionante y con un sonido sensacional. Y así entre visitas cortas a algunos lugares turísticos me despedí de esta ciudad para irme a Vancouver.
La primera impresión que tuve fue “he llegado a Ciudad Gótica” (pensando en la película Batman) por la cantidad de modernos edificios, con cortes irregulares y todos con vidrios laminados, los que al pegarles la luz solar dan la impresión de ser metalizados. Es como una ciudad del futuro, increíblemente moderna. Cuando ya conocí otras áreas me di cuenta de que esa era la parte más nueva, y como toda ciudad guarda celosamente su pasado llegué a Gastown, la zona más antigua donde los edificios son de ladrillos con flores, portales, tienditas, cafés, anticuarios; es precioso para pasear de día y de noche, pues también tiene bares y discotecas. Siendo la calle más transitada la Water, donde quedan muchos restaurantes, comí en The Old Spaghetti Factory mariscos, pastas y más, y lo recomiendo a ojos cerrados.
Junto a esta zona se encuentra el Chinatown, que aunque no lo visité lo recomiendan entre los atractivos por sus pintorescas calles y exóticos coloridos. Y caminando largo por cualquiera de esas calles (pues todas se conectan) hacia el centro se llega al downtown, aquí volvemos a la modernidad, a los centros comerciales y al movimiento, como es la calle Robson, la más famosa por sus tiendas (más de 200), una al lado de la otra, es tan larga y tan variada que para recorrerla bien y sin dolor de pies es mejor hacerlo en dos días, claro si quiere curiosear o comprar en cada una. De estas largas caminatas dos cosas me sorprendieron: la cantidad de orientales que viven en Vancouver, tercera ciudad más grande de Canadá, y el ambiente fashion que se vive en las calles: todas las chicas van a la moda, con unas combinaciones fantásticas, diferentes, desde los estilos de cortes de pelo hasta la ropa.
Otro paseo obligado es a Granville Island, adonde se llega en transbordadores, los que hacen recorridos una y otra vez. Esta es un tanto bohemia, hay estudios de artistas, tiendas de artesanías, pero lo más memorable es un gran mercado, muy similar al que hay en Seattle. Aquí después de comprar y pasear se almuerza en los restaurantes sencillos y rústicos al aire libre mientras se disfruta de bandas en vivo.
Stanley Park también requiere de una visita obligada, pues es uno de los parques urbanos más grandes de América del Norte y es realmente cautivador. Con sus áreas verdes es muy aprovechado para caminatas, bicicleta y todo tipo de deporte al aire libre. Y como sitio de descanso, pues propios y turistas leen o toman siestas en el césped, el que es tan lindo y bien cuidado que parece artificial.
Ahora si tiene más tiempo aproveche para ir a Whistler (queda a 120 kilómetros de distancia desde la ciudad), una estación de esquí galardonada por sus extraordinarias pendientes. Cuenta con más de 200 pistas y generalmente los esquiadores al bajar de las montañas se reúnen en los bares y restaurantes de la zona. Y esto por nombrar ciertos atractivos de la ciudad, pues hay muchos y muy poco tiempo…
Como dicen sus moradores: una vez que llegas a Vancouver es difícil dejarlo.