Desde los primeros años de la década del noventa se utilizan en la práctica de la ortopedia y traumatología las ondas de choque extracorpóreas ( ESWT, siglas en inglés) para el tratamiento de ciertas enfermedades agudas (recientes) y crónicas (de larga evolución) del aparato locomotor.
La idea nació luego de la incorporación de las ondas de choque (litotripcia) para eliminar los cálculos de las vías urinarias. Al inicio esta práctica se realizaba solo con fines de investigación, con aparatos de baja sofisticación en cuanto a su capacidad de realizar una emisión de ondas de manera efectiva y controlada, pero actualmente ya cumplen con los parámetros de seguridad y eficacia.
Las ondas de choque, definidas como acústicas o de sonido, son producidas por energía electromagnética. Es como cuando la electricidad pasa a través de un imán y la vibración que genera hace mover una membrana metálica. Esta fuerza mecánica es controlada desde una fuente que la produce y cuando se la aplica en el área afectada del paciente con un transductor (aparato como una pistola) produce cambios de presión, lo que genera a su vez transformaciones en los tejidos del organismo.
Según el traumatólogo Jorge Luis Armijos, las ondas de choque generan la reparación de los tejidos mediante la angiogénesis o producción de microvasos sanguíneos, que le aportan nutrientes y a su vez sirven para la formación de nuevos tejidos que reemplazan a los que están afectados y son responsables del dolor, la limitación e incapacidad para realizar funciones locomotoras con la zona lesionada o afectada.
“En cierta forma es la transformación de una lesión crónica en una microlesión aguda que el organismo se va a encargar de manejar de manera diferente a la que produjo la afección”, dice Armijos.
Asimismo, las ondas de choque producen cambios químicos que degradan calcificaciones que luego son absorbidas. También hace desaparecer el dolor al actuar sobre los receptores de este inhibiendo la transmisión de sus impulsos. Incluso provocan la liberación de endorfinas, que son las hormonas naturales del organismo que controlan el dolor.
“Enfrentar el dolor agudo o crónico proveniente de las partes blandas del aparato locomotor (estructuras tendinosas, ligamentarias o musculares en su fijación al hueso) constituye un problema de difícil solución tanto para el paciente como para el médico, porque generalmente no responden a la medicación convencional”, refiere Armijos.
El estado irritativo o de tensión en estas zonas del cuerpo generalmente es secundario a una sobrecarga mecánica o por exceso de peso. También se lo vincula a las prácticas deportivas realizadas con un esfuerzo desmedido y repetitivo sobre las inserciones (sitios donde se fijan los tendones y los ligamentos sobre los huesos) que causan cambios biológicos en las células, pues las fibras dejan de ser elásticas.
Asimismo, con las ondas de choque se pueden tratar enfermedades degenerativas propias del envejecimiento biológico de los tejidos como, por ejemplo, una tendinitis calcificante en el hombro.
También ayudan a promover la consolidación de las fracturas que están retardadas en sus procesos de unión o consolidación. O las que sufren los corredores de distancia por estrés. Incluso las ondas de choque se aplican en estadios tempranos de ciertas enfermedades óseas donde la causa de base tiene que ver con una pérdida del flujo circulatorio sanguíneo que nutre el hueso, como son la osteonecrosis y la osteocondritis disecante. (S.M.)