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Edición del DOMINGO 22 de Febrero del 2009 EL UNIVERSO inicio e-mail
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Adiós Polaris, historia de un barco
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Stefan Lundgren.
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Paula Tagle | nalutagle@yahoo.com

Somos seres llenos de apego a los deseos, a los objetos, a los afectos. En esta columna intento librarme de un apego, o tal vez no lo intento.

Por un gran cariño a un gigantesco objeto, de setenta y dos metros de eslora, de antiguo casco azul, de acero aparentemente incorruptible y eterno, pero nada lo es.

Construido en 1960 en Aalborg, Dinamarca, la motonave Polaris ha surcado casi todos los mares del mundo, y por los últimos doce años las calmadas aguas del archipiélago de Galápagos.

Manifiestan que a lo mejor lo hunden para convertirlo en arrecife de coral, para que seres del océano circulen esos corredores llenos de historia, decorados de recuerdos de cada lugar visitado.

Peces y tortugas nadarán por cabinas donde muchos rieron (y lloraron), por el lounge donde hubo fiestas Rave y charlas de historia natural, y un piano de cola blanco que tocara desde Chopin hasta Los Beatles. Expresan que a lo mejor se convierte en museo, que volvería a su tierra natal como reliquia de una nueva era de exploración, ahora al alcance de turistas varios, ya no solo de hombres barbados y corajudos como era en tiempos de Magallanes o Amundsen o Shakleton.

¿Cuál será su destino? Tal vez no importe. Y con mi tristeza, de no volverlo a ver, andaba yo en otro barco, al sur de las Galápagos. Aquí me topo con Stefan Lundgren, igual de nostálgico por saber de los últimos días de esta embarcación. Stefan conoció el Polaris siendo niño. Su madre lo embarcaba cada fin de semana en la ciudad de Malmoe (Suecia) para cruzar hasta Copenhague (Dinamarca).

Él recuerda como ingresaban lentamente los hasta cuarenta carros a este ferry que entonces se llamaba Oresund y más de mil doscientas personas que aprovechaban el viaje para hacer compras libres de impuestos, para beber y jugar cartas. Cada fin de semana Stefan venía de paseo, sin imaginar siquiera que su vida estaría por mucho tiempo ligada a este barco.

Habiendo nacido en Oskarshamn, al pie del mar Báltico, no es de extrañarse que Stefan se convirtiera en marinero apenas alcanzara la mayoría de edad. Trabajó en barcos y muelles, ayudando en diques, manejando Zodiacs y botes varios. El Oresund pasó brevemente a manos alemanas, igualmente como ferry (Butter boat). En los años ochenta retorna a los muelles de Suecia y por esas coincidencias de la vida Stefan se convierte en uno de los marineros encargados de su transformación. En Gothenburg el Oresund se vuelve barco de expedición, con un lounge capaz de acoger a más de cien personas, un poco más de cuarenta espaciosas cabinas, una pequeña biblioteca y una recepción acogedora.

El señor Lars-Eric Lindblad, pionero en el turismo de expedición, chartea la nave para llevarla a destinos lejanos y maravillosos: el golfo pérsico, el mar Rojo, la costa oeste de África, el ártico. Stefan empieza a trabajar haciendo de todo un poco, desde marinero, hasta fotógrafo y naturalista. La embarcación tiene entonces casco blanco y se llama Lindblad-Polaris.

En 1987 el barco es reconstruido en Oskarshamn y comprado por Sven Lindblad (hijo de Lars-Eric); pasa a llamarse simplemente Polaris.

De noviembre a marzo Stefan trabajaba para el Gobierno de la India a bordo del Thuleland, ayudando en la construcción de varias estaciones científicas en el continente Antártico. En el verano volvía sin falta al Polaris para navegar por uno de sus lugares favoritos, el archipiélago de Svalbard. Y así hasta 1997 cuando es traído a las islas Galápagos.

Stefan me confiesa que sintió pena de que se llevaran “su” barco al Ecuador, pero que en el fondo entendió que las calmadas aguas del archipiélago eran buen final para una bella dama mayor (porque tanto en sueco como en inglés los barcos son femeninos).

Pero ahora la historia es otra, el Polaris dejará de navegar, para siempre, a partir de marzo. Este sueco explorador, autor de tres libros, fotógrafo famoso, naturalista de corazón, parece un niño triste al referirse a su Polaris, a “ella”. Y lo entiendo. Si bien para mí no ha sido prácticamente la vida entera, como para Stefan, son doce años de mi existencia ligados a esta gran nave de casco azul. Intento guardar un recuerdo, el más significativo, pero demasiadas ideas y sentimientos se arremolinan en mi mente.

Le pregunto entonces a mi nuevo amigo, qué es lo que más evoca de “su” barco. No lo duda: “Mi primer oso polar. Lo vimos desde el puente, en Svalbard. Entonces el capitán, Kent, sacó su cuchillo e hizo la primera marca en la teca del mesón del puente. Desde entonces, cada oso polar fue perpetuado con una incisión de cuchillo”.

Y en efecto, cualquiera que sea su destino ahora, el Polaris guarda, entre sus muchos indescifrables códigos secretos, estas decenas de marcas, una por cada oso polar avistado en Svalbard.

¿Qué más se lleva? Mejor pensar en lo que nos deja a cientos de nosotros, tripulantes suecos, filipinos, británicos, norteamericanos, ecuatorianos y demás nacionalidades, para quienes fue un hogar flotante, y a otros miles de huéspedes del mundo que llegaron a lugares remotos del planeta a bordo de él... o de ella. ¡Adiós y gracias National Geographic Polaris!


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