La Revista - Logo
Edición del DOMINGO 15 de Febrero del 2009 EL UNIVERSO inicio e-mail
::::::::: M E N Ú ::::::::::
    Portada
    Moda
    Piqueo de la semana
    Consultorio
    Dr. Tecno
    Lo Nuevo
    Columnistas
    Gente de cine
    Cuerpo y Alma
    Destino
    Guia
    Gastronomía
    Construcción
    Orientación
    Decoración
    Urbanismo
    Libros
    De Cine y Del Resto
    Salud
    Cocina de Patricia
De Cine y Del Resto 
Subyugantes matices, las oscuras raíces del mal
ampliar imagen ampliar imagen

Philip Seymour Hoffman y Meryl Streep en La duda: letales acusaciones y un enfrentamiento de dos posiciones antagónicas en la percepción de la fe católica.
Mas fotos de la noticia Imprimir esta noticia Enviar noticia por e-mail
Carlos A. Ycaza | cicaza@eluniverso.com

La duda trasciende por presentarnos lo que otras películas ignoran: valorar las repercusiones de principios éticos y religiosos en la sociedad actual.

“Nunca podremos conocer con exactitud lo que sucede en la casa del vecino” –decía John Patrick Shanley en el The New York Times– “o lo que pasa dentro de su cabeza, o de su corazón”. Esta reflexión es lo que nos arroja en el rostro su película La duda, que él adaptó y dirigió de su propia obra teatral. Pero el conflicto que altera la vida del Padre Flynn (John Philip Seymour), cura párroco de un colegio católico en el barrio del Bronx de Nueva York, va mucho más allá de las acusaciones de abuso de menores que él debe enfrentar.

Más que la dilucidación de una sórdida verdad escondida, el filme entra de manera abrupta en nuestra propia percepción de los hechos y su estrecha ligazón con costumbres y valoraciones religiosas, que tienen mucho que ver con los ritos de fe en la Iglesia católica. Lo que entra en cuestión alrededor del drama es la creencia de que la fe religiosa no necesita una prueba divina para aceptar la existencia de Dios. Así la Hermana Aloysius (Meryl Streep) tampoco requiere de una verificación para alimentar una sospecha que se convierte también en su acto de fe.

El enfrentamiento de estos dos caracteres posee una fuerza centrífuga que rompe la fría mansedumbre de los corredores del colegio regentado por las Hermanas de la Caridad. Allí los chicos de 12 años reciben glacialmente a un estudiante negro (Joseph Foster), y su solitaria timidez es seguida de cerca por la joven Hermana James (Amy Adams), que también constata la especial dedicación que el Padre Flynn tiene para el chico. Esto sucede en los años sesenta. Después del asesinato del presidente Kennedy ya se sienten tiempos de cambio e integración racial en el país, lo que endurece todavía más el control disciplinario de la Hermana Aloysius sobre el colegio.

La película está enriquecida por los mordaces diálogos que Shanley creó para una obra teatral circunscrita a cuatro personajes, donde un humor cáustico aligera la crueldad de los hechos centrales y la ambientación en época invernal trae vientos tempestuosos a los patios. Con hábitos negrísimos y un rostro escondido en una cofia donde la captación de realidades laterales o alternativas parece imposible, la monja declara la guerra al sacerdote, quien para ella encarna el símbolo de una nueva etapa de la Iglesia. Ante las terribles diatribas y presunciones de su enemiga, “la duda puede ser un compromiso tan poderoso y sostenido como la certeza”, proclama el Padre Flynn en uno de sus discursos dominicales.

El suspenso y el acercamiento a una verdad final es tan incierto como los subyugantes matices del propio catolicismo del realizador, quien parece enfilar su cámara en caminos parecidos a los del escritor Umberto Eco en El nombre de la rosa, una novela que fue llevada al cine y que también ahondaba en las raíces del mal. En las palabras de Eco: “El diablo no es  el príncipe de la materia, el diablo es la arrogancia del espíritu, la fe sin sonrisa, la verdad jamás tocada por la duda”.


© Derechos Reservados 2004 Compañía Anónima EL UNIVERSO. Todos los Derechos Reservados