“Nunca podremos conocer con exactitud lo que sucede en la casa del vecino” –decía John Patrick Shanley en el The New York Times– “o lo que pasa dentro de su cabeza, o de su corazón”. Esta reflexión es lo que nos arroja en el rostro su película La duda, que él adaptó y dirigió de su propia obra teatral. Pero el conflicto que altera la vida del Padre Flynn (John Philip Seymour), cura párroco de un colegio católico en el barrio del Bronx de Nueva York, va mucho más allá de las acusaciones de abuso de menores que él debe enfrentar.
Más que la dilucidación de una sórdida verdad escondida, el filme entra de manera abrupta en nuestra propia percepción de los hechos y su estrecha ligazón con costumbres y valoraciones religiosas, que tienen mucho que ver con los ritos de fe en la Iglesia católica. Lo que entra en cuestión alrededor del drama es la creencia de que la fe religiosa no necesita una prueba divina para aceptar la existencia de Dios. Así la Hermana Aloysius (Meryl Streep) tampoco requiere de una verificación para alimentar una sospecha que se convierte también en su acto de fe.
El enfrentamiento de estos dos caracteres posee una fuerza centrífuga que rompe la fría mansedumbre de los corredores del colegio regentado por las Hermanas de la Caridad. Allí los chicos de 12 años reciben glacialmente a un estudiante negro (Joseph Foster), y su solitaria timidez es seguida de cerca por la joven Hermana James (Amy Adams), que también constata la especial dedicación que el Padre Flynn tiene para el chico. Esto sucede en los años sesenta. Después del asesinato del presidente Kennedy ya se sienten tiempos de cambio e integración racial en el país, lo que endurece todavía más el control disciplinario de la Hermana Aloysius sobre el colegio.
La película está enriquecida por los mordaces diálogos que Shanley creó para una obra teatral circunscrita a cuatro personajes, donde un humor cáustico aligera la crueldad de los hechos centrales y la ambientación en época invernal trae vientos tempestuosos a los patios. Con hábitos negrísimos y un rostro escondido en una cofia donde la captación de realidades laterales o alternativas parece imposible, la monja declara la guerra al sacerdote, quien para ella encarna el símbolo de una nueva etapa de la Iglesia. Ante las terribles diatribas y presunciones de su enemiga, “la duda puede ser un compromiso tan poderoso y sostenido como la certeza”, proclama el Padre Flynn en uno de sus discursos dominicales.
El suspenso y el acercamiento a una verdad final es tan incierto como los subyugantes matices del propio catolicismo del realizador, quien parece enfilar su cámara en caminos parecidos a los del escritor Umberto Eco en El nombre de la rosa, una novela que fue llevada al cine y que también ahondaba en las raíces del mal. En las palabras de Eco: “El diablo no es el príncipe de la materia, el diablo es la arrogancia del espíritu, la fe sin sonrisa, la verdad jamás tocada por la duda”.