Si tiene un calce de color gris en sus piezas dentarias posteriores, probablemente sabrá que son de amalgama. Un material usado en todo el mundo por más de cien años, pero que ha sido motivo de debate desde entonces por algunos miembros de la comunidad científica que plantean dudas sobre su inocuidad.
Según Jenny Guerrero Ferrecio, especialista en endodoncia, sus defensores afirman que aunque es conocida la alta toxicidad por su mayor componente, el 50% de mercurio, no existe riesgo para la salud de quien lleva una amalgama, porque el metal queda bloqueado indefinidamente dentro del diente reconstruido. Mientras que sus detractores mencionan, de acuerdo con estudios, que durante cinco años el 30% del mercurio se ha evaporado de la amalgama por lo que, al menos, cabe la duda de que este material de obturación dental sea tan estable como algunos defienden.
Para Mirella Estrella de Polit, odontóloga integral y estética, desde 1940 en Alemania el Dr. Reinhold Voll comienza las investigaciones sobre la toxicidad de los materiales usados en el cuerpo y sus consecuencias, y en la actualidad la Academia Americana de Odontología Biológica es la encargada de avalar todos estos estudios.
Incluso la Asociación del Campo de Medicina Ambiental en Illinois, en los Estados Unidos, constantemente publica investigaciones acerca de este tema, en tanto que desde 1988 la oficina de Protección Ambiental (EPA, por siglas en inglés) considera que los trozos de amalgama dentales son desechos peligrosos.
Asimismo, la Asociación Dental Americana, que hasta el momento se ha rehusado a prohibir las amalgamas, advierte a los dentistas que conozcan los peligros de la manipulación de dicho material por el desarrollo de neuropatías (enfermedad del sistema nervioso) y que usen una técnica que les permita manejarlo sin tocarlo.
La amalgama, explica Estrella, puede corroerse por la humedad, roce y calor de la boca, incluso emitir diversos grados de toxicidad al liberarse los iones de metal, especialmente de mercurio, que junto con otros como plata, cobre, estaño y zinc pueden migrar a través de la raíz de la pieza dental al hueso, luego al torrente sanguíneo y de ahí viajar al sistema nervioso central, afectando al cuerpo.
Además es importante saber que no es lo mismo tener dos amalgamas en la boca que diez: en menos piezas, menor daño. Tampoco producen mal olor, pues este se lo atribuye a una variedad de bacterias que originan sulfuro; incluso bien manipuladas son durables ya que son metales. (S.M.)