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Edición del DOMINGO 15 de Febrero del 2009 EL UNIVERSO inicio e-mail
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Los primeros médicos de la maternidad
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Un auditor exigente y justo

Texto: Sheyla Mosquera

Sesenta años después de la inauguración del Hospital Gineco-Obstétrico Enrique Sotomayor, dos médicos sobrevivientes recuerdan su trabajo, lo que aprendieron y cómo viven ahora.

Dr. Lisímaco Dolberg
Creador del banco de sangre
Alto e imponente. Ahí estaba el doctor Lisímaco Dolberg Barba, de 92 años. Uno de los diez médicos que fundaron en 1948 la maternidad Enrique Sotomayor de Guayaquil. Un científico que como muchos en el mundo no hicieron fortuna, pero que al menos le quedó la satisfacción de haber aportado a la ciencia.

“Estoy insatisfecho con el sueldo que recibo como jubilado, porque no comprendo cómo alguien tan dedicado al trabajo social no sea bien recompensado para su vejez”, dice.  Esto hizo que su carácter sea menos jovial, según su hija Cynthia, quien es bioquímica. También son sus hijos Patsy, Eliana y Lisímaco.

Lo que realmente alegra al doctor Lisímaco es saber que al menos, a sus 30 años de edad, fue el creador del primer banco de sangre de la maternidad (actualmente lleva su nombre) y que pudo ayudar a muchas mujeres a salvar sus vidas en una época en que prevalecían los estados graves por hemorragia.

Junto con el doctor Isidro Soriano, entre otros, y con la ayuda de las  monjas, dice, se planificó cómo convencer a los familiares de las pacientes a que donen sangre. “Poco a poco la gente se iba concienciando y lo logramos”, agrega.

Pero la Junta de Beneficencia también fue clave. Esta hizo posible que haya tecnología en la maternidad. Compraron un refrigerador especial para colocar las pintas de sangre. “Pero también lo fue Lisímaco. Él dedicaba todo el día a su trabajo”, precisa su esposa, Colombia Pérez. “Él era quien sacaba la sangre, porque no había tecnólogos. Después   capacitó a los ayudantes”.
 
En la maternidad estuvo seis años y continuó como profesor de bacteriología  en la Facultad de Medicina de la Universidad de Guayaquil.  Posteriormente laboró en el Instituto de Higiene Leopoldo Izquieta Pérez como director del departamento de Control Biológico de Vacunas. “Aquí desarrollé estudios para identificar la mola hidatiforme (producto anómalo de la concepción) y se daba servicio a Solca. También descubrí y desarrollé la vacuna oral antitifoidea con dosis única. Pero cuando estuvo lista para  el proceso el Estado respondió que no había dinero para ciencia y, decepcionado, decidí donar mi investigación a Suiza para que la sacara  al mercado”.

La Organización Mundial de la Salud lo becó a EE.UU. y Argentina para que hiciera una maestría en Salud Pública. Además le propuso llevarlo al Congo (África) para que realizara estudios científicos, mientras que a su familia la mandaban a Suiza con gastos pagados, pero no aceptó y decidió seguir sirviendo a su país.

El doctor comenta que siempre ha sido muy exigente en lo personal y profesional. “Soy como un soldado alemán que desea que todo se haga perfecto”, indica, pero “al mismo tiempo es un maravilloso padre”, dice Cynthia.

“Actualmente trabajo medio tiempo en el laboratorio particular con mi hija Cynthia y aún tengo una visión perfecta y como hasta carne de tigre”, asegura. Y precisa la importancia de que las nuevas generaciones de médicos trabajen, se esfuercen y luchen por ser mejores personas y profesionales de ciencia.

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