Bolaño era desobediente. No respetaba los géneros literarios establecidos, se burlaba de varios maestros literarios, era políticamente incorrecto y no se arrimaba a la derecha, peor a la izquierda de su generación. Excelente autodidacta, abandonó el colegio para trotar mundos. Desconfiaba de Chile y los chilenos, no tenía nada bueno que decir de la gran mayoría de sus contemporáneos o de la cultura establecida. Se peleaba con muchos, le encantaba hacer de escritor maldito y apóstata.
Trabajó de lavaplatos, mesero, estibador, obrero, recepcionista y guardián campestre, y se reía de casi todo y todos. ¿Qué de bueno se podía esperar de alguien así? Sus allegados dan testimonio, sin embargo, de su buen humor y bondad, y su escritura comprueba su gran inteligencia . Su mamá ha dicho que su hijo era alegre, y es revelador que Bolaño haya puesto por escrito varios elogios a algunos escritores amigos, cuando la realidad no los sostiene.
Lo anterior es solo una parte importante del mito romántico que se sigue construyendo, aumentando la leyenda del James Dean de la literatura. Bolaño era directo, decía lo que le daba la gana. Es improbable que fue una especie de patán, porque en las pocas entrevistas televisivas de que se dispone (las escritas tienden a verificar que quería “#1%7@ la paciencia”, como afirmaba) se nota un tipo básicamente tranquilo, listo y ordenado, irónico y sutil. Un autor con fama de malcriado podría vender más, y no es cinismo pensar que eso se ha querido hacer con él.
Pero resulta que sus editoriales no han tenido nada que ver con esa imagen, creada originalmente en español. En el año de su muerte, 2003, comienzan a salir traducciones en inglés de algunas de sus novelas cortas, en el 2007 se traduce a esa lengua Los detectives salvajes, y 2666 en el 2008. Los que lo han leído o van a leerlo en inglés han heredado esas ficciones o realidades acerca de él.
A Bolaño le hubiera parecido por lo menos irónico enterarse de que la fortuna que nunca le preocupó comienza a darse en un escenario literario mundial en crisis. Acongoja pensar que nunca llegará a ver la magnífica aceptación que tiene su narrativa en el mundo y que la brillantez de ella se comienza a concretar definitivamente con la publicación en inglés de su 2666 en Estados Unidos en el 2008 y en Inglaterra en el 2009. Este ha comenzado con la espectacular divulgación y gran aclamación de esa novela, con un éxito de crítica increíble, en revistas y periódicos de prestigio y populares, entre ellos The New York Times, que en diciembre la escogió como Libro Notable del 2008, y la revista Time la nombró Libro del Año.
Entre enero y febrero del 2009, la cruzada a favor de Bolaño proviene de igual devoción. Su 2666 es finalista para el National Book Critics Circle Award (el último hispanoamericano en ganarlo fue Vargas Llosa, por su crítica). La atención ha aumentado con discusiones acerca del presunto papel de la heroína en su vida.
Entre el 2003 y el 2009 ha habido más de un centenar de reseñas de su narrativa, unánimemente positivas. Con la excepción de una notita anónima en The New Yorker, la acogida de su 2666 ha sido más que rimbombante, a tal extremo que un sitio en la red que almacena reseñas anuncia que la “calificación” promedio es una A+ (“casi perfecta”), cuando Ficciones de Borges solo recibe una A.
La insólita campaña editorial montada en torno a 2666 asegurará su éxito, más una mayor cantidad de lectores para sus obras anteriores. No es raro ver en metros estadounidenses a jóvenes que leen la edición de bolsillo de Los detectives salvajes como si fuera En el camino de Jack Kerouac u otra novela de culto como Catcher in the Rye, o una del boom. Tal es la situación de los bienes culturales internacionales que no es baladí afirmar que la narrativa de Bolaño tiene un lugar especial en el mundo, bienvenida que repercutirá de manera positiva en el espacio cultural hispanohablante. Todo esto en unos seis años.
Más que ninguno de sus poquísimos pares anteriores o contemporáneos, y en mucho menos tiempo, el chileno ha dejado de ser un “novelista latinoamericano”, la inevitable etiqueta cuando se nos lee en otro idioma. Las implicaciones sociales y culturales de este acontecimiento son extensas. Aquí solo doy un ejemplo de cómo la repercusión anglosajona de Bolaño tendrá un efecto de bumerán en cómo lo leeremos en Hispanoamérica. No quiero comprobar que se lo ha leído mal, trabajo y fallo de los críticos literarios especializados, sino mostrar cómo en algunos casos el mundo culto anglosajón todavía no supera el exotismo que se nos atribuye, o evita atribuirnos el cosmopolitismo en que se amamantan autores como Bolaño.
Algunas de las reseñas que he examinado hablan del compromiso en Bolaño, del exilio, cuando en un texto recogido en Entre paréntesis dice: “...no creo en el exilio, sobre todo no creo en el exilio cuando esta palabra va junto a la palabra literatura”. Las reseñas también se refieren a la violencia y el mal como temas constantes, pero la mayoría de ellas no matiza que no es una “violencia hispanoamericana”, llena de los estereotipos que todos conocemos.
Hace muy poco, en The New York Times del 28 de enero se publicó una nota llamada (traduzco) “Las ficciones de escritor chileno podrían incluir su colorido pasado”. Se armó un intercambio apocalíptico, sobre todo para los que no tienen otra cosa que hacer sino blogs, porque el periodista menciona la discusión sobre si Bolaño era adicto a la heroína o no.
Relatos como ese se convierten en comidilla para los intérpretes de lo inconsecuente. ¿Hay que repetir que lo que importa es la obra? Aparentemente Natasha Wimmer, excelente traductora al inglés de las dos grandes novelas del chileno, publicó en línea un texto llamado Roberto Bolaño and The savage detectives, que en verdad es un borrador de la introducción que escribió para la edición de bolsillo de su traducción de aquella novela.
Se puede acceder a esa versión, y no hay que hacer otra cosa que cotejarla con la definitiva e impresa de su introducción para darse cuenta de la mala atribución. De hecho, en Roberto Bolaño and The savage detectives Wimmer se refiere a una adicción, pero se constatará en la introducción publicada por Picador/Farrar, Straus and Giroux que aquella mención fue eliminada.
No hay que ser detective o crítico para darse cuenta de cómo algunos lectores anglosajones consultaron o siguen consultando aquella versión primeriza, llegando a conclusiones ficticias, en el mejor de los casos. Wimmer hizo su trabajo, revisó y actualizó su texto, y tanto ella como cualquiera de nosotros podría creer en las trampas autobiográficas que, obviamente, le gustaba tender a Bolaño.
Como decía en Derivas de la pesada, recogido en Entre paréntesis: “Ojo: no tengo nada en contra de las autobiografías, siempre y cuando el que la escriba tenga un pene en erección de treinta centímetros”. Algo que no debe hacer ningún lector, gringo o no, es confundir al autor con sus narradores, y esto lo dice cualquier manual de crítica, y sobre todo Bolaño.
*Guayaquileño, reside en Davis, California. Autor de varios libros, incluido el premiado Theory's Empire (Columbia University Press, 2005) y centenares de artículos, notas críticas y reseñas. Es director del Departamento de Lenguas Extranjeras en Sacramento State University. Prepara una monografía sobre Bolaño y la nueva literatura mundial.