No recuerdo otra película con un sentido del tiempo tan poderosamente descriptivo como la última extravagancia del director David Fincher. Nunca leí el cuento de F. Scott Fitzgerald que la inspiró, pero entiendo que muy poco tiene que ver con esta adaptación. El proyecto revoloteó en las manos de varios directores durante más de dos décadas; quizás esa tardanza y alguna razón del azar lo llevó donde Fincher, que le imprimió un maravilloso aire de transitoriedad que parece venir de culturas orientales.
Aquí lo pertinente es precisamente lo que implica el título. El curioso caso de Benjamin Button podría ser un fenómeno dentro del esquema de producción hollywoodense, con una sensibilidad poética y tierna, jamás nublada por la manipulación marketera que es lo común.
La película entra por los poros y se apodera de nuestro corazón desde sus primeras secuencias, a pesar de que mucho se ha escrito de su tema central y de la increíble transformación de Brad Pitt, por obra y gracia de una tecnología cinematográfica que solo puede ser financiada con un presupuesto de $ 140 millones.
Esos efectos digitales tampoco opacan el drama central. Benjamin nace como un bebe viejo de 86 años. Su madre muere al dar a luz y su aterrado padre lo deja en las escaleras de lo que él creía era un orfanato, pero resulta ser un hospicio. Recogido por una pareja de trabajadores sociales (la mujer es Queenie, interpretada por Taraji Henson, quien está nominada al Oscar), el niño-viejo crece en medio de la decrepitud y la muerte, algo que marca el tono de la película, que en otras manos hubiera resultado excesivamente mórbida.
Este caso no es solo curioso sino único. Alrededor de Benjamin también descubrimos toda una floresta de seres inimaginables, que parecen salidos de un realismo mágico desbordante porque siempre los vemos a través de los ojos de un protagonista cuya historia es narrada por la mujer que lo amó (Cate Blanchett), convertida en una anciana frente a la hija (Julia Ormond) que lee su diario, en un hospital de New Orleans, donde se avecina el huracán Katrina.
Nunca hay una explicación científica ni lógica del caso de Benjamin. Solo una conexión introductoria a lo que un relojero ciego realiza al inicio: la elaboración de un inmenso reloj para inaugurar una estación de tren. Cuando muere el hijo del relojero en la Primera Guerra Mundial, él decide que sus manillas giren al revés “para traer a todos los jóvenes desaparecidos en la guerra”. El cuerpo de Benjamin va de la vejez a la infancia.
La ironía es que su existencia nunca es una vida al revés. Antes bien, la experiencia que vivimos a través de él a cada minuto es inigualable, porque esa duplicidad advertida en los momentos más trágicos siempre nos revierte a otros instantes felices, y viceversa. La muerte es “un visitante familiar”, y bienvenido sea, porque de allí también hemos renacido, como ese colibrí que aparece en alta mar para recordarle a Benjamin de su amigo, el capitán de un barco que lo lleva a tierras lejanas.
Siempre es la figura metamorfoseada de Brad Pitt la que domina la pantalla. Es una caracterización asombrosa, donde las diversas etapas de la vida de un hombre son alteradas por vivencias personalísimas, iluminadas por el actor.
Benjamin Button dura casi tres horas y las vale. Olvidándonos de F. Scott Fitzgerald, les dejo una percepción final que viene de T. S. Eliot, otro gran escritor de EE.UU. de la misma época: “Nunca debemos dejar de explorar/ y el final de nuestra exploración/ será cuando lleguemos donde comenzamos/ para conocer ese lugar por primera vez”.