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| Las autobiografías de Jorge Velarde |
Texto: Katherine Villavicencio
El pintor guayaquileño expuso en Quito una recopilación de sus obras, desde 1983 hasta el 2008. Muestra sus trabajos más actuales, en los que –dice– no le interesa llevar un mensaje.
Treinta años de carrera y Jorge Velarde sigue con esa misma (o tal vez más acentuada) pasión por pintar: lo cotidiano, lo costumbrista, con un realismo que impresiona y conmueve.
Acaba de exponer en Quito, en el Centro Cultural Metropolitano, y está satisfecho con la respuesta que tuvo (unas 7.000 personas acudieron a ver sus cuadros). “Me trata bien el público aquí”. Fue su primera muestra grande en la capital y la segunda de esas dimensiones en el país. Lo hizo antes en Cuenca, en el Museo de Arte Moderno.
La exposición, denominada Autobiografías, fue una recopilación de sus obras desde 1983 hasta el 2008. Muchas de ellas salieron de la casa de Velarde o de coleccionistas privados que las prestaron para llevarlas al público.
Son autorretratos, escenas de su entorno, del interior de su casa, de su vida, estampas citadinas de Guayaquil, personajes de la calle, gente común que se vuelve protagonista en cada cuadro de Velarde.
No tiene en planes ninguna exposición (aunque es posible que este año concrete una en Cuenca o en Asia), pero él no deja el oficio. En su taller, en la planta alta de su casa, en la vía a la costa, se lo encuentra trabajando: con el jean manchado y una camiseta en la que él aparece convertido en bicho mirando a través de una paleta, da forma a nuevas creaciones.
Elabora, con esa minuciosidad que lo caracteriza, un mural de 17 metros para el Club de la Unión. Son estampas de personajes locales: el astillero, el heladero, el fotógrafo del parque, la iguana, el vendedor de raspado y uno de sus pintores más queridos: Rendón.
Aunque parecieran listos, dice que apenas ha empezado. Están fondeados y le faltan óleo, aceites, transparencias... detalles, la rigurosidad para pintar.
Junto con los retratos que darán forma al mural, aparece también un Che Guevara, de verde militar y con armas de fuego, convertido en G.I. Joe (el soldado de la serie infantil). Es una humorada, dice Velarde, pero es en realidad lo que le ha pasado a la imagen del Che. “Ha sido asimilado por su enemigo: el consumismo y ha sido usado, a la vez, como un juguete”.
Velarde, graduado en la Escuela de Bellas Artes de Guayaquil, pinta sin interrupción desde 1977 y ha hecho del autorretrato un sello propio en su producción.
Él asegura que es por la forma como encara su trabajo y porque es el tema más a la mano.
“La pintura es una búsqueda. Hay quienes pintan para decir algo, para llevar un mensaje. Yo no trato de comunicar algo. Para mí es una búsqueda de mí mismo y en eso es fundamental el autorretrato”.
Pero los suyos no son una simple autorrepresentación. Los suyos buscan un conocimiento de él mismo, de su entorno. Por eso, aclara, nunca son elogios. Son disecciones. Expiaciones. Exorcismos.
“No quiero decir que mis cuadros no digan nada, pero la intención de realizarlos no es que lleven un mensaje, no me interesa el mensaje”. Y aunque en ellos pueden saltar síntomas de una opinión (como el Che en el cuerpo de G.I. Joe), Velarde asegura que no lo hace con la intención de transmitir a otros sus ideas.
Eso explica que, por ejemplo, los hechos actuales, la problemática y el acontecer nacional no sean un motivo de inspiración para él. Les rehúye. Cree que es una especie de carroñerismo valerse de temas candentes o controversiales para llamar la atención de una obra. Piensa que hay temas más universales que los coyunturales y que esos van más lejos aún.
Velarde se considera fundamentalmente un pintor. Y tiene clara esa postura: “Yo hago pintura muy tradicional. Me considero un artesano y no artista”.
Esa es una de las razones por las cuales ya no participa en certámenes nacionales. Les tiene un poco de fobia, dice. La última vez que participó fue en la Bienal de Cuenca del 2007 y se arrepintió de haber ido.
Cuenta que cuando lo invitaron le dijeron que había dos premios exclusivos para pintura tradicional. Pero el jurado decidió dárselos a una instalación y a una intervención urbana, por considerar que eran un sentido ampliado de la pintura. Habían venido pintores de toda América y le pareció hasta una descortesía la decisión.
Cree que hay mucha inconsistencia en al arte contemporáneo a nivel mundial. “Nos han metido gato por liebre. Si eso es arte, prefiero que mi trabajo no sea arte. Cualquiera puede ser artista”.
Su percepción es que hoy es muy fácil producir y que las obras sean aceptadas en salones (donde tampoco hay definiciones claras en las bases), y eso vuelve muy permisivo al medio artístico. Antes llegar era una carrera de esfuerzo y rigurosidad. Su primera exposición formal fue en 1980 en la Casa de la Cultura y la primera individual en 1992. Tuvieron que pasar quince años para exponer solo, luego de haber ganado en 1991 el Salón de Octubre. En 1993 ganó el Salón de Julio.
Velarde surgió con una generación de artistas en el año 80: Marcos Restrepo, Pedro Dávila, Xavier Patiño, Xavier Blum, Manuel Serrano. Después de ellos, asegura, surgieron solo manifestaciones individuales. Hoy, 30 años después, cree o más bien espera que empiece a surgir una generación de artistas nuevos.
Él quiere seguir como artesano, amante de los cuadros grandes, el óleo y los colores oscuros. No solo es por preferencias. Asume limitaciones: “Me encanta el acrílico, pero soy torpe para manejarlo y además soy un colorista limitado”. (K.V.)
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