Por la frecuencia con que suceden estos eventos tendemos a desensibilizarnos y a no darnos cuenta de la trascendencia negativa que estas decisiones van a tener sobre los protagonistas y, en el más triste de los casos, sus hijos.
Es cuando la noticia involucra a alguien cercano a nosotros que realmente dimensionamos la magnitud de la tragedia (porque lo es, aun cuando no se den cuenta) y nos ponemos a pensar cómo pudo esta pareja, que empezó con tan buenos augurios su vida matrimonial, haber llegado tan pronto a desilusionarse tanto de la empresa más grande de su vida.
Es verdad, algunos matrimonios nunca debieron ocurrir porque se conocía de antemano que sus protagonistas no estaban a la altura de la seriedad del compromiso a contraer –estos desenlaces negativos no llaman mayormente la atención. Pero aun dentro de esos casos existen parejas que han sacado fuerzas de flaquezas y, luchando contra la adversidad, han podido mantener y sacar adelante el hogar que iniciaron con tan bajas expectativas, para mérito y felicidad de ellos.
Podríamos preguntarnos, si ellos lo lograron, por qué no pudieron los que empezaron con ventajas? De qué depende que un matrimonio joven navegue en armonía y otro, aparentemente de similares características, naufrague en la primera tormenta?
La baja tolerancia a la frustración
Los jóvenes que se casaron en los últimos quince años pertenecen a una generación muy acelerada, que tuvieron muchas facilidades y oportunidades para experimentar de todo, y muchos hicieron de todo y en exceso. No había espacio para la frustración porque era muy fácil cambiar de discoteca, de carro o de pareja.
Para muchas de estas personas la desaceleración que produjo el matrimonio fue más fuerte que los votos prenupciales y, faltos de paciencia (y de memoria ya que se olvidaron del “hasta que la muerte los separe”), no toleraron la frustración, que es uno de los principales enemigos del matrimonio joven, y está presente desde el primer día.
La frustración es una reacción emotiva, muy difícil de manejar, que se produce cuando, en nuestro camino hacia la consecución de un propósito, nos encontramos con un obstáculo que nos impide avanzar. El obstáculo puede ser que nuestra pareja no comparte nuestras expectativas, o no cumple con sus responsabilidades, o no puede desprenderse de la dependencia hacia sus padres, o piensa que al casarse se iban a resolver todos los problemas con que llegó al matrimonio. O esperábamos un matrimonio perfecto “porque lo merecíamos” y la realidad nos hace ver que es un camino cuesta arriba.
Todo esto causa frustración que, inmaduramente, esperamos que nuestra pareja resuelva (o que se resuelva sola –no debemos olvidar que estas personas no tienen defensas contra la frustración–). Al no ser resuelta, por la misma inmadurez con que la enfocamos, se convierte en agresividad. La agresividad puede ser pasiva (hacer las cosas de mala gana, o hacerlas mal para fastidiar al otro, o realizar actos o reunirse con gente que sabe que el otro no aprueba) o activa (crueldad mental, abuso verbal o físico). La agresividad también puede volcarse hacia uno mismo (adicciones, conductas arriesgadas, pensamientos o intentos suicidas).
La separación
La frustración también puede causar que una persona se inhiba de reaccionar (usualmente por temor o por la forma en que fue educada) y gradualmente se retire, cada vez más desilusionada, hasta sentir que el afecto terminó. En todos estos casos la frustración entorpece la comunicación, o la elimina, dejando a cada uno interpretar, usualmente de la forma más amarga, las desdichas de la vida matrimonial.
Es en este punto cuando la pareja piensa que mejor estaría cada cual por su lado. Y si a esto se agrega que muchos padres, para “no ver sufrir” a sus hijos (porque nunca los vieron realmente esforzarse por algo), los acogen en sus hogares facilitando una separación prematura, se completa la receta para el fracaso de la empresa matrimonial. En general, la separación en personas inmaduras los expone a influencias externas que podrían ensanchar aún más la brecha producida.
¿Hay cómo evitar el fracaso?
No hay una fórmula mágica, por supuesto, pero sí existen lineamientos básicos que han pasado la prueba del tiempo. Para casarse se necesita estar enamorado, el amor es el combustible con que “arranca” el matrimonio, pero por lo general fluctúa a lo largo del tiempo.
La vida íntima complementa el escenario, pero también fluctúa. La amistad crea una base de mutua confianza y solidaridad que termina de fortalecer la estructura del matrimonio, cuya existencia depende de la estabilidad de este trípode. De las tres bases, la amistad es la más estable, y puede crearse y estimular desde mucho antes del matrimonio. No hay felicidad mayor que saber que su pareja es su mejor amigo.