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Edición del DOMINGO 8 de Febrero del 2009 EL UNIVERSO inicio e-mail
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El legado de John Updike, destruyendo los mitos
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John Updike (1932-2009)
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Hernán Pérez Loose | hperez@ecua.net.ec

Pocos días atrás falleció John Updike, uno de los más prolíficos y célebres escritores contemporáneos.

Tenía 76 años y desde hace uno batallaba contra un cáncer en el pulmón. Su muerte, informó su editor, acaeció en un hospital del pueblo de Danvers, Massachussets, a pocos minutos de su casa en Beverly Farms, donde había pasado buena parte de su vida.

Updike fue una suerte de cronista del surgimiento, apogeo y declive de la clase media estadounidense. De sus valores, sus contradicciones culturales, sus frustraciones y sus méritos. De esa clase media que se instaló en el imaginario colectivo de ese país una vez que concluyó la Segunda Guerra Mundial y que aún persiste como modelo de vida a nivel planetario gracias a los nervios mediáticos de la globalización capitalista.

Probablemente sea verdad aquello de que si alguien quiere entender a los Estados Unidos debe comenzar aprendiendo el béisbol. Pero otra vía igualmente efectiva y más placentera de satisfacer esta curiosidad es, sin duda, leer a Updike.

Los conejos
El cuarteto de novelas sobre la vida de Harry Conejo Angstrom (Corre, Conejo, 1960; El regreso del Conejo, 1971; Conejo es rico, 1981; y, Conejo, descansa, 1990) constituye el cuadro mejor elaborado del complicado viaje que han seguido los estadounidenses desde que vencieron a la Gran Depresión y a Hitler hasta que fueron derrotados por las drogas y el hedonismo.

Las novelas van contando las peripecias de un individuo de existencia más bien opaca y de mediocre destino, que es también conocido como Conejo. No es ni optimista, ni pesimista. Se siente como un perdedor, y así cree que el resto lo mira a él. Su conformismo le parece algo casi inevitable. Hasta que un buen día decide abandonar la seguridad de su hogar, así como su modesta condición de vendedor de electrodomésticos y de peladoras de papas, para dedicarse a caminar sin rumbo definido y tener nuevas experiencias.

Atrás quedaron los recuerdos de cuando fue una estrella del baloncesto en su colegio, así como el aburrimiento de su cotidianidad.

Al lector nunca le quedarán claras las razones que empujaron a Conejo a adoptar esta decisión. Simplemente lo hace porque sí. Lo hace con tal naturalidad que apenas uno cuestiona los motivos.

Como tampoco le quedará claro al lector qué es lo que busca Conejo en sus andanzas. El deseo de escaparse, como un miedoso Conejo, de los problemas del mundo contemporáneo o de aquellos que uno mismo trae dentro de sí es, después de todo, una fuerza tan inexplicable como difícil de ceder. El Conejo Angstrom, sin embargo, pronto irá descubriendo que su liberación es simplemente ilusoria. Su nueva vida no lo salvará del desastre. Todo se le va de las manos. A la gente le cae bien, es un tipo agradable, pero su búsqueda de libertad tendrá que pagarse con el alto precio de la tragedia.

Updike cuenta que desde muy niño descubrió que su destino era el de ser escritor, recuerda la impresión que le causaba ver a su madre –quien  había obtenido una maestría  por la Universidad de Cornell, a la sazón algo completamente inusual– pasar horas esmerándose en su escritorio tratando de escribir, corregir y ordenar sus sueños literarios con una máquina de escribir enfrente de ella.

Nace un escritor
El joven Updike, que sufría de psoriasis y disfemia, pasó sus primeros trece años prácticamente recluido en una pequeña casa de una pequeña comunidad (Shillington) a las afuera de Reading, Pensilvania, entregado  a la ávida lectura.

Desde la edad de los 23 años Updike comenzó a vivir de su oficio de escritor. Hasta su muerte no hizo otra cosa que escribir. A diferencia de muchos de sus contemporáneos, nunca optó por la cátedra universitaria ni por ninguna otra actividad que no sea la de simplemente escribir y escribir. Luego de graduarse en 1954 de inglés en la Universidad de Harvard formó parte del staff de editores de la célebre revista The New Yorker, una relación que la mantendrá viva durante toda su existencia. En 1958 publica su primer libro de poemas y al siguiente año su primera novela. Al momento de fallecer su producción literaria supera los cincuenta libros, la mitad de los cuales son novelas.

A medida que su prosa se iba afinando sus escritos fueron abordando temas diferentes de  aquellos que dominan las aventuras de Conejo, la melancólica crisis de las parejas norteamericanas viviendo en las áreas residenciales. En su novela Centauro (1963), por ejemplo, Updike recurre a la mitología para explorar las relaciones entre un padre profesor y su hijo. El golpe (1979) es una inquietante narración en primera persona por un ex dictador africano.  La belleza de los lirios (1996), probablemente una de las mejores obras del siglo XX, es una novela y ensayo a la vez sobre el rol que juegan el cine y la religión en el mundo moderno.

Las brujas de Eastwick (1984) –llevada al cine con Jack Nicholson– y su secuela Las viudas de Eastwick (2008) narran la tragicomedia de tres divorciadas, primero, y viudas luego, en un pueblo de Massachussets. Y la lista puede continuar y continuar.

Uno de los géneros que mejor cultivó Updike fue sin duda el del relato corto. La mayoría de los cuales, si no todos, fueron publicados en The New Yorker. Igual cosa puede decirse de sus ensayos sobre crítica literaria y comentario sobre libros y escritores. Entre sus excelentes trabajos hay uno muy interesante sobre el papel que juegan el amor y el deseo sexual en los personajes de García Márquez.

Todas las obras que han sido citadas en esta columna han sido traducidas al español. La mayoría por la editorial Tusquets. Su lectura es altamente recomendable.


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