Trabajaba entonces para una revista semanal de Buenos Aires que ya desapareció. Debía ser la Prehistoria, porque recuerdo que el jefe fumaba como un murciélago y llevaba siempre las uñas mugrientas. También vestía una barriga importante con un sempiterno suéter tan colorado como descolorido y deshilachado. Cultivaba su panza con cerveza barata y sus pulmones con tabaco negro y pesado. En aquellos años nadie pedía permiso para fumar y tampoco nos molestaba. Además no existían los periodistas sobrios ni saludables. Don Héctor me mandó un día a entrevistar a Juan Carlos de Pablo, que entonces era redactor jefe de El Cronista Comercial, un diario económico y financiero de Buenos Aires, ahora centenario. El problema era –cuándo no en aquella época– la enfermedad de la inflación que mataba como un cáncer a la economía argentina. Todos buscábamos remedios y aquella entrevista debió ir por uno de ellos.
El gasto público se comía las cuentas fiscales entonces como ahora. No alcanzaba la plata para nada y el gobierno emitía dinero que licuaba a la velocidad de la luz lo que todos teníamos en los bolsillos. Era un impuesto despiadado a la pobreza que carcomía hasta la autoestima proverbial de los argentinos. “Hay que reducir el gasto” decía de Pablo convencido y campechano y ponía ejemplos como para que los entienda la mismísima doña Rosa. Pero nadie quiere hacerlo por el costo político y cada nuevo gobernante aumenta los empleados, la obra pública, el reparto, el clientelismo, la demagogia... ya los griegos sabían de estas corrupciones del poder.
“Entonces lo que hay que hacer es bajar los impuestos”, dije convencido de que merecía el premio Nobel de Economía por aclamación popular. “¿Cóoooomo?”, respingó mi entrevistado. “Si se bajan los impuestos el gobierno tiene menos dinero para gastar...”, contesté y le expliqué que nadie gasta lo que no tiene: bien seguro estaba por sufrirlo todos los días en carne propia. Si hay menos dinero en las arcas del Estado no habrá más remedio que reducir el gasto. Parecía tan sencillo que me asombraba la mirada pasmada de mi entrevistado.
Condición esencial de los impuestos es el uso que hace de esos fondos quien está en el poder. El poder justo recauda de los que más tienen y lo devuelve en servicio de los ciudadanos, empezando por los que menos tienen. El poder despótico, en cambio, explota a todos por igual y usa los fondos para su provecho y en contra de los adversarios. “Al enemigo, ni justicia”, decía furioso el general Perón cuando se volvió tirano y aumentaba el número de sus adversarios.
El uso indiscriminado de los impuestos ha sido el detonante de cuantas revoluciones se desataron en este mundo desde la época de las cavernas. A nuestros patriotas les molestaba más el saqueo de los tiranos que su boato y sus escudos coronados de yelmos y lambrequines. No les preocupaba tanto la desigualdad como el apriete que la desigualdad implica. Y cuando los gobernantes exprimen con impuestos a su pueblo, los ciudadanos dejan de pagarlos. En eso consiste la desobediencia civil que inventó David Thoreau, pero hizo grande al Mahatma Ghandi: si todos se oponen a las leyes injustas no hay autoridad que las imponga. Y si nadie paga impuestos no hay quien los cobre.
Si no reducen el gasto y siguen apretando a los ciudadanos; si los gobiernos siguen mandando con la billetera, en contra de los ciudadanos y no a su servicio, no falta mucho para la rebelión fiscal de nuestros pueblos. Es que se agota la paciencia del corazón y también el dinero del bolsillo. Nos estamos dando cuenta de que pagar los impuestos no solo nos empobrece, además alimenta el despotismo de quienes nos gobiernan. Como hace tres mil años, nos dicen que si no queremos que nos persigan los recaudadores tenemos que tributar… que no es otra cosa que aportar a las arcas del mismo poder que nos exprime para hacer lo que no nos gusta. El que se acaba de quedar en la Argentina con lo que la mayoría veníamos ahorrando para nuestra jubilación; el que encerró en un corralito el dinero de nuestras cuentas corrientes; el que licúa cuando se le da la gana el escaso dinero de nuestros bolsillos para quedarse con una parte que no le pertenece, como los ladrones.
No debería extrañarles que un día el pueblo les diga que le vayan a cobrar los impuestos a su abuelita.