viernes 06 febrero Columnistas

Pedro X.Valverde Rivera

‘Apocalypto’

En el 2006 se exhibió la película Apocalypto, producida y dirigida por Mel Gibson.

Esta película, que narra de una forma bastante cruda el estado de descomposición de la poderosa civilización maya en sus últimos tiempos hasta la llegada de los españoles a la península de Yucatán, comienza con una frase muy fuerte que luego se entiende perfectamente:

“Una gran civilización no es destruida desde fuera, hasta que no se ha destruido a sí misma desde dentro…”.

Desconozco el autor de la frase, pero comparto absolutamente su contenido.
A lo largo de la historia humana, esa ha sido una constante; recordemos al casi omnipotente imperio romano, lo que fue y cómo terminó.

Y ya en el siglo pasado, el desgrane de la Unión Soviética hasta lo que hoy es.

Igualmente, ya entrando en materia sudamericana, la realidad actual de Cuba, el descontento venezolano y el triste final de Alberto Fujimori en Perú.

Porque, efectivamente, la acumulación de poderes en una sola mano genera injusticias, atropellos, codicia, grupos de poder, lucha por el poder, celos desmedidos, ambiciones desmedidas, despilfarro, soberbia y… vanidad, aquella que tan bien definió Al Pacino en la cinta El abogado del Diablo como “Vanity, my favorite sin…” (La vanidad, mi pecado favorito).

Y a ello se debe que tanto una civilización (como en el caso de los mayas) como una nación o un gobierno, comiencen a debilitarse y corromperse internamente primero, para luego con muy poco esfuerzo ser destruidos desde afuera.

No quiero decir que Rafael Correa perderá las próximas elecciones, ni que será depuesto por la fuerza del poder; ni creo que ambas cosas sucederán, ni considero que lo segundo sea bueno para la cultura democrática nacional, aun cuando desde hace algún tiempo vivimos sin democracia en el Ecuador.

Más bien a lo que me refiero es que tanto poder en manos de la revolución está generando la correspondiente descomposición en los términos de la valiosa sentencia con que comienzo este artículo.

Porque prácticamente sin oposición política, con los principales grupos económicos de rodillas, con el control de casi toda la prensa, en unos casos directamente y en otros, con el poder de la publicidad oficial, del interior del mismo Gobierno salen las denuncias de corrupción o de prácticas negligentes en la administración de los dineros públicos.

Como muestra, la denuncia de Carlos Alvarado en las primarias verdes, el presunto “canje” de votos en Manabí por bonos de la vivienda, la denuncia de Fabricio Correa contra los Patiño, la arremetida de la Fiscalía en Petroecuador que reseña la prensa esta semana y el caso Chauvín.

Temas muy delicados que en una sociedad en la que existiese división de poderes y administración de justicia independiente (democracia) seguramente le costarían el cargo al Presidente y la prisión a muchos de sus colaboradores, aunque fuere solo para investigación.

Y todo esto, a las puertas de las elecciones generales del 26 abril.

La Revolución Ciudadana parece estar destruyéndose a sí misma desde adentro; la mecha está prendida. No sabemos cuán larga es, pero algún día explotará.

Ojalá no explotemos los ecuatorianos con ella.

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