Una dosis de tristeza les hace falta a quienes portan los colores del oficialismo y del Movimiento PAIS, porque cada vez que aparecen en actos públicos la euforia se les desborda por todos y cada uno de los poros. ¿De qué se ríen? No caben en sí de contentos a pesar de las irregularidades en las elecciones primarias. Se han dado modos de convertir sin más los reveses en victorias. De “depuración” han calificado al proceso por el cual ciertas posiciones críticas ya no los acompañan desde adentro; es una lástima, mas la manía de reír debe continuar. Convierten la cabina del avión en que viajan o el auditorio en que inscriben sus candidaturas en salones bullangueros donde festejan radiantes el éxito y solamente el éxito. Abruma el júbilo en que moran los oficialistas.
Porque una cuestión estupenda son las campañas que nos enrumban hacia la amabilidad, el buen trato, la sonrisa y la afabilidad, o la declarada alegría que pone en el trabajo el presidente Rafael Correa, y otra es la celebración elitista de los allegados al poder que ven triunfos por todos lados. Basta reflexionar en las necesidades no cubiertas de la gente común para convencerse de que aún tenemos más motivos para la aflicción que para el desproporcionado alborozo. El pensar sosegado y sin engaño debe producirnos más bien pesadumbre, especialmente por lo que no se ha podido (y que a lo mejor no se podrá) cumplir. ¿Serán capaces los revolucionarios en el poder de morigerar las formas exultantes con que enfrentan la realidad real y con que divulgan la carita feliz de su discurso ideológico?
George Steiner escribió un gran librito titulado Diez (posibles) razones para la tristeza del pensamiento. Si pensáramos con mayor detenimiento, entenderíamos que semejante sarao es innecesario e inoportuno, y que el Gobierno nos debe aún frugalidad y moderación. Decir que al oficialismo le falta tristeza es dudar del jolgorio y el meneíto y asumir como imprescindible el don de reflexionar, de ser implacablemente autocuestionadores, de no festejar tan efusivamente un gol sin que el partido haya finalizado. Decir que le falta tristeza es proponer, en este proceso de cambio del que los ciudadanos somos autores y protagonistas, que impere en los gobernantes el instante preciso y precioso de la meditación para que la base de cualquier alabanza sea la cordura y esa congoja productiva que nos plantea nuevas metas.
Tanta obsesión por reír algo nos oculta, es un tic sospechoso. En cambio, “el pensar nos hace presentes a nosotros mismos”, según Steiner. El cavilar nos revela de golpe la pequeñita porción que ocupamos en la historia ecuatoriana y latinoamericana y el insignificante lugar en la historia de la humanidad y del universo. El pensar nos despierta y nos coloca en estado de alerta, nos hace ver lo que no sabíamos, nos descubre la exageración y el enmascaramiento en que actuamos, nos entristece ante la constatación de lo que aún queda por recorrer. Con optimismo, sí, pero sin olvidar el coro final de Antígona de Sófocles: “La sensatez resulta con mucho lo primero y principal de la felicidad”. Sensatos, pues, antes que políticamente felices. La necesaria tristeza también guía el accionar del político renovado.