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Edición del DOMINGO 1 de Febrero del 2009 EL UNIVERSO inicio e-mail
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Exploraciones infantiles
Desgarradora mirada al totalitarismo
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El niño con la pijama de rayas acercándose a algunos horrores del “mundo real”. Asa Butterfield es Bruno (de frente) y Jack Scanlon interpreta a Shmuel (de espaldas).
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Carlos A. Ycaza | cicaza@eluniverso.com

El genocidio, observado con la sensibilidad de la niñez. La versión cinematográfica de El niño con la pijama de rayas es como si El Principito se acercara al infierno.

¿Cómo se habla a los niños de las atrocidades de la raza humana? Cómo se les explica el fanatismo sin misericordia y los crímenes de las tiranías, de los dueños de la verdad? Al inicio, El niño con la pijama de rayas como novela parece dirigido a una audiencia infantil.

Estamos dentro de la vida diaria de Bruno, un niño alemán de 8  años durante la Segunda  Guerra Mundial en Berlín. Sus padres parecen una pareja modelo y su hermana de 12 años colecciona muñecas. Viven en una suntuosa villa. El papá es un comandante del ejército que es designado a la supervisión de un campo de concentración de judíos donde se construyen hornos crematorios. La familia se traslada con él.

En el papel, los descubrimientos de Bruno podrían ser como El Principito llegando a los infiernos. La célebre fábula de Saint Exupéry lograba lo imposible y los adultos de todo el mundo veían la vida y el universo a través de su protagonista. El novelista John Boyne –creador de El niño con la pijama de rayas– se acerca a lo que ahora parece una fábula del horror, sin acudir a los azucarados violines que el director Mark Herman utiliza de forma desmedida en la versión cinematográfica que se exhibe actualmente. 

Infancias trágicas hemos visto muchas veces, en historias que siempre intentan dejar lecciones invalorables. Más o menos como en Selecciones del Reader's Digest, donde los abismos más abyectos de los seres vivientes solo llegan a los lectores que quieren dosificar tragos amargos con alguna pastilla. Por eso, las intenciones de una película como esta entran en la onda de El laberinto del fauno sin las fantasías. Bruno (magníficamente interpretado por el niño Asa Butterfield) domina la escena de principio a fin. Su encuentro con el pequeño y famélico Shmuel (Jack Scanlon) se da casi en la mitad del filme y a través de su relación nos vamos acercando a lo que el mundo de los adultos ya conoce.

En tiempos actuales, el enfrentamiento de un niño a las crueles verdades representadas por un padre o el tutor, que hablan siempre en eslóganes políticos para defender al régimen, sigue resultando tristemente relevante. “Los judíos son malos, por ellos perdimos la primera guerra”, dice el papá (David Thewlis), “debo trabajar para la resurrección de mi patria”. El tutor le quita a Bruno los cuentos y las ficciones. “Tienes que leer del mundo real", dice, siempre y cuando sean los periódicos oficiales. Su madre (Vera Farmiga) sabe lo que se acerca, especialmente por los olores que salen de los hornos crematorios cerca de donde viven.

Hay situaciones inconexas y algunos vacíos en un guión un tanto simplista, pero la película golpea. Bruno esconde hasta el final el secreto de su amigo, el niño de la pijama de rayas. En la exploración de los sentimientos y lazos afectivos de seres inocentes en medio de la persecución racial y la guerra, la película dramatiza las palabras del filósofo John Betjeman que abren la historia: “La infancia se mide por olores, sonidos y visiones, hasta que crece la hora oscura de la razón”.


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