Pocos realizadores independientes han podido sobrevivir con tantas parodias de la mediocridad reinante en algunos estratos de la sociedad norteamericana. Especialmente cuando lo mordaz se convierte fácilmente en sangre.
Ethan y Joel Coen han filmado trece películas, y a pesar de que sus variaciones en el género del cine negro de los años cuarenta y cincuenta podrían resultar repetitivas, ellos se preocupan de recargar cada nueva aventura con megaestrellas que aligeran las detonaciones que los han llevado al Oscar con Fargo (1995) y No country for old men (2007).
Pero en Burn after reading (Quémese después de leer) estos dos singulares hermanos, que comparten –o se alternan indistintamente– en la gestación y ejecución de sus filmes, se acercan más estrechamente a los vericuetos del buró oficialista de Washington que regula nada menos que la CIA (no olviden las siglas: Agencia Central de Inteligencia), donde Cox, un alto oficial (John Malkovich), es retirado fríamente de sus funciones por su hábito al alcohol.
Para el hombre, esta agencia nunca será relacionada con la “inteligencia” porque sus robóticos ejecutivos solo nos revelan un letargo letal que ocasiona una rabieta frontal y la crisis conyugal correspondiente con Katie, su adúltera esposa (la británica Tilda Swinton).
Ojo: esto no se trata de otro Súper Agente 86. Los Coen son muy serios en sus creaciones y esta comedia muy negra, en la que es casi imposible reírse, está dosificada con estruendosas percusiones en la banda sonora de Carter Burwell que se mueven al ritmo de la vengativa adrenalina de Cox, que comienza a escribir sus memorias con incriminatorias revelaciones. El disco donde está guardado el trabajo se pierde y aparece en un inmenso gimnasio regentado por Linda (Frances McDormand) y Chad (Brad Pitt), su amigo entrenador. El par decide extorsionar primero a Cox para conseguir el dinero que Linda necesita de sus liposucciones y levantamientos de nalga.
Pero aquí nada sale como se planifica, Quémese después de leer es un registro de vidas incompetentes a todo nivel, reglamentadas por la avaricia y los desatinos. En este juego descalabrado entra Harry (George Clooney), un policía federal amante de Katie, que se conecta también con Linda, lo que precipita el trágico desastre final donde hasta entran los rusos.
Los actores –especialmente Malkovich, Clooney y Pitt– hacen prodigios para meternos en la piel de gente desagradable y mediocre, donde la imbecibilidad es más sobrecogedora que divertida. A un ritmo trepidante, los Coen orquestan su película arrastrándonos en un remolino donde sabemos que una resolución feliz es imposible. “Esta es nuestra versión de La identidad Bourne sin las explosiones”, dicen ellos. Su espionaje tiene que ver con los vacíos más opresivos de los seres humanos.