domingo 11 enero Columnistas

Emilio Palacio epalacio@eluniverso.com

Gaza

El jueves, el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas aprobó una resolución en la que se le exigió a Israel un alto al fuego en la Franja de Gaza.

Estados Unidos, que tiene poder de veto para impedir cualquier decisión en el Consejo, se abstuvo, con lo cual dio luz verde a la resolución. Fue como si dijese: “Adelante, resuélvanlo, que estoy de acuerdo, pero no puedo decirlo en público”. (Días antes, George Bush había hecho unas declaraciones muy distintas, apoyando el bombardeo; pero por lo visto alguien le cambió el libreto al Departamento de Estado. ¿Influencia de Barack Obama? Habrá que ver).

A mediados de semana, el “Ministro de Justicia” de la Santa Sede, cardenal Renato Martino, provocó un revuelo al confesarle a un periodista que creía que Gaza se ha convertido en “un gran campo de concentración”. Hasta ahora, el Papa ha evitado criticar abiertamente a Israel, pero en sus declaraciones ha insistido en el alto al fuego que, de conseguirse, favorecería a los palestinos.

El presidente francés, Nicolas Sarkozy, se sumó a estas posturas: “Le diré al presidente (israelí), Shimon Peres, y al primer ministro, Ehud Olmert, con toda franqueza que la violencia debe cesar”, anunció en una conferencia de prensa en Ramallah, de pie junto al presidente palestino Mahmud Abbas.

¿Qué demuestra todo esto? Que el mundo entero se ha convencido esta vez de que los más de 800 muertos en la Franja de Gaza no son fanáticos de Hamas sino personas inocentes en su inmensa mayoría. Los grupos terroristas siempre son agrupaciones minoritarias, de gente fanática y aislada, que no representa realmente a su comunidad. El pueblo palestino no es Hamas, ni Hamas es el pueblo palestino.

Puede ser, como acusa Israel, que Hamas utilice niños para defender sus guaridas. Las concepciones de Hamas dan para semejante locura. Sin embargo, la mayoría de los niños que han muerto en Gaza no cayó con un arma al brazo sino en sus casas, en hospitales, en escuelas o simplemente jugando en la calle.

La lucha contra el terrorismo es la lucha contra la locura mundial. Todo ese torrente de codicia e irracionalidad que desborda la sociedad moderna se transforma ocasionalmente en asesinos en serie, en monstruos que violan niñas o en terroristas. Los terroristas no luchan por la causa de los pueblos oprimidos, ni los representan. Son eso, asesinos en serie que deben ser perseguidos sin descanso. Pero a nadie se le hubiese ocurrido acabar con el estrangulador de Boston bombardeando Boston.

A fines de la Segunda Guerra Mundial, los aviones ingleses bombardearon la ciudad alemana de Dresde, una de las joyas culturales de la humanidad, hasta casi no dejar piedra sobre piedra. Winston Churchill estaba convencido de que infundiendo terror en la población civil lograría debilitar a los nazis. Por supuesto, no ocurrió así. La Segunda Guerra Mundial se prolongó, y en buena parte debido al sufrimiento de Dresde. Pero los que sufrieron ese infierno no eran ingleses, ni norteamericanos, sino alemanes, y los alemanes habían llevado al poder a Hitler, así que nadie dijo nada, ni se quejó, ni protestó.

Por lo visto, quizás ahora no ocurra lo mismo.

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