Aunque la respuesta final depende de varios factores, yo, invariablemente y luego de los respectivos sustentos, me voy por el tigre anaranjado.
Lanzado en 1972, Tigretón nació unos cuantos años antes que mi persona, pero creció cerca como un hermano algo más grande y moreno.
El minimarket Arco Iris (ya conocido por todos mis lectores), a una cuadra de casa aquí en Samborondón, nos abastecía de raciones cada tarde, costeadas por monedas que, gracias al caos familiar, aparecían en veladores, bolsillos y colchones varios.
No recuerdo si el sabor del cake aquellos días era bueno. No voy a mentir. Pero puedo afirmar que una parte integral del sabor Tigretón era la experiencia: abrir el celofán sin romperlo hacia los lados, sacar el pastel sin dejar restos de chocolate, partirlo justo en la zona del relleno de vainilla y, por supuesto, comer la mayor cantidad posible sin indigestarse ni atorarse cuando no alcanzaba para el Sunglo (tema para otro día).
Hoy Tigretón abraza la onda new age: es saludable (y recomendable) por sus diversas vitaminas, brinda su dosis de hierro a los niños y aparece en empaques bien impresos con un tigre fashion y de colores vivos en polipropileno biorientado.
Prefería Tigretón simplemente porque era rico (y el único, además). Aún lo compro cuando la nostalgia invade mi estómago y sobran 25 centavos.
Mi pequeña Isabela es fan de Chococake, pero entiendo. Ella se perdió crecer entre las fundas del tigre naranja opaco, en aquellas maratónicas tardes junto al ‘Chavo del ocho’, deberes inconclusos y glotonería chocolatada.