Edición del VIERNES 9 de Enero del 2009
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Bienvenida al club
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Claudia Serrano
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Claudia Serrano desde Buenos Aires | claudiaserrano@fibertel.com.ar

¿Quién dijo que la convivencia con tu Romeo iba a ser toda gloriosa, armónica y amorosa?

¿Cómo hacer cuando vives en 48 metros cuadrados, compartiendo las tareas diarias y no matarse el uno al otro en el intento? ¿Qué sucede cuando tu casa es además tu lugar de trabajo? Todo esto y mucho más es lo que me pregunté una y mil veces. Se lo contaba a mis amigas estos días pasados, cuando mi enamorado se instaló en casa. ¿No sería mejor volver como estábamos antes, cada uno en su lugar, con más espacio, con cero peleas domésticas y cero discusiones por banalidades? Como: ¿quién hace las compras, quién paga tal cosa, o cocina a la noche? ¡Qué pereza!

“Bienvenida al club”, repetían ellas sin cesar, muertas de la risa cuando les conté sobre mis dilemas más domésticos que amorosos.

Convivir con tu pareja es la mejor manera de bajar a la realidad y dejar de soñar con el amor “rosado”; es sacarle el disfraz de Romeo y ver al ser humano enterito, pero enterito y viceversa; léase desordenado, poco limpio, caótico, ruidoso, etcétera. La convivencia, la rutina de cada día, el compartir el espacio propio y no propio, es ahí donde aparecen todas las neuras y obsesiones de cada uno. En mi caso son la limpieza y el orden. Y él, por supuesto, todo lo contrario. ¿Vieron que uno siempre recibe del universo lo que tiene que aprender?

Con su aterrizada en casa, ha cambiado mi vida en todos los aspectos, primeramente lavo muchísimos más platos que de costumbre, nuestras comidas son comidas deliciosas y de verdad –se me hace tan difícil seguir mi dieta, ¡socorro!–, mi hogar está ahora muchísimo más vivido, algunos dirían desordenado; he aprendido a negociar constantemente y absolutamente todas las tareas, como cocinar, lavar los platos, hacer la cama, y demás. Recuerden que aquí en Buenos Aires, la ayuda doméstica es muy diferente que en el Ecuador. Por lo tanto mi tan querida y adorada Betty viene una sola vez a la semana. La espero con ansias durante toda la semana y prácticamente lloro cuando se va el jueves por la tarde.

Seamos sinceras, el día a día es intenso y agotador, la rutina de cada uno es de multi-actividades: trabajo, estudio, taller, gimnasio, y además las tareas domésticas… Llegamos muertos a la noche y con cero energías.

Pero lo más importante de esta historia es que estoy feliz, mejor dicho ultrafeliz de tenerlo en casa, de compartir mi vida con alguien. Lo recomiendo decididamente. Es como tomar un curso acelerado de “vida”, como crecer a pasos agigantados, una prueba de fuego total.

Cada pequeña cosa que hacemos es el aprendizaje de la vida misma. En la dificultad diaria aprendemos de nosotros y maduramos, junto con el otro descubrimos nuestros miedos más profundos.

Y ni qué hablar de los momentos “rosados”, son aún más mágicos y dulces que antes, de otra intensidad e intimidad.


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