No hay que estar diplomado en geopolítica del Medio Oriente para darse cuenta del inmenso grado de desquiciamiento que padecen los gobernantes civiles y los jefes militares del Estado de Israel que están masacrando a la población palestina en la Franja de Gaza. La desaparición de un individuo es una pérdida irreparable que acarrea un dolor gigantesco que no se puede medir en guarismos; pero ninguna persona que se halle en sus cabales puede aceptar que estamos ante un combate entre iguales, pues desde el 27 de diciembre de 2008 los muertos palestinos suman casi 700 frente a 10 bajas israelíes. El horror aumenta porque son civiles 350 de esos cadáveres palestinos y, entre ellos, 130 son niños. Todavía más monstruosa es la versión israelí que califica a su operación armada como “defensiva”.
Ningún hombre sensato puede aprobar la respuesta del gobierno de Israel que no golpea solamente a los palestinos sino a todos aquellos que tratan de vivir en paz. Como nos sucedió a los ecuatorianos en el episodio de Angostura del año pasado, en la frontera con Colombia, no se pueden validar acciones asesinas con el razonamiento de que se está persiguiendo a otros considerados criminales (sean de las FARC o de Hamas). Incluso pierden la cabeza los que abogan por el punto de vista israelí dizque para asumir una posición equilibrada, pero en realidad lo que hacen es justificar la realización de actos inhumanos que carecen de moral. No existen comprensiones políticas que se compadezcan con los resultados del exterminio ejecutado por Israel.
En la prensa nacional e internacional y la internet se oye y se lee de todo: que los extremistas palestinos empezaron y que a ellos les corresponde parar la agresión (como si esta tragedia estuviera regida por una lógica de cocina); o que Israel no está interesado en la Franja de Gaza (aunque luzca comprometido en impedir que la vida florezca en esa zona)… Sin embargo, las noticias expresan acontecimientos que no admiten elucubraciones: estamos atestiguando la paliza brutal de una potencia militar estatal en contra de un grupo extremista que no es la nación palestina entera. No podemos dejar pasar este genocidio como si no nos afectara, y no debemos permanecer impávidos ante un Estado que se propone liquidar con fanatismo el fanatismo que prende en el otro lado del conflicto.
Uno encontrará lo que busca según la posición ideológica asumida: relatos sobre el oscurantismo de Hamas o análisis académicos del salvajismo israelí. Lo cierto es que, aunque nos hallemos a miles de kilómetros de distancia, tenemos que hacer una elección por la vida porque los datos de la guerra evidencian la matanza en contra de una nación milenaria. No es hora de ambigüedades o relativismos morales que puedan conducir a la justificación del crimen: Israel ejecuta un acto cruel que lesiona la condición humana. No puede haber lucidez teórica o política que justifique este aniquilamiento. Debemos recoger simbólicamente los cuerpos de los palestinos como si fueran nuestros, pues solo así se podrá intentar que algo suceda para detener tanta y tanta atrocidad. El duelo de los palestinos es duelo nuestro, duelo de toda la humanidad.