Al escribir esta columna solo deseaba dejar un gran espacio vacío y firmarlo. El vacío y la profunda tristeza que produce el comprobar la naturaleza compleja de todos nosotros, seres humanos, ángeles y demonios, capaces de lo mejor y lo peor, cada uno de nosotros y en conjunto como humanidad solidaria en nuestros aciertos y nuestros errores.
Una ausencia profunda de sentido, de saber qué queremos, a dónde vamos, quiénes somos, sumerge a la humanidad en el escape de un consumo desenfrenado que expolia la naturaleza y hace cada vez más grandes los abismos entre los ricos muy ricos y los que apenas sobreviven. El dinero se multiplicó a sí mismo, hasta que la burbuja estalló y las consecuencias las padecen de nuevo los que menos tienen. Y las guerras con su nefasta secuela de dolor y muerte, con mercaderes de armas que se hacen ricos a costa de vidas humanas, iluminan y ensombrecen el cielo al comienzo de un nuevo año.
Una investigación alemana sobre las guerras en la historia de la humanidad, citada por Michel Serres en su último libro Guerre mondiale (2008), llegaba a los siguientes datos: desde tres mil años antes de nuestra era hasta el momento presente habrían sido asesinados tres mil ochocientos millones de seres humanos, muchos de ellos en guerras de exterminio total. Solo en el siglo XX murieron doscientos millones de personas.
Y sin embargo es en las últimas décadas del siglo XX que surgen las escuelas de negociación de Harvard y muchas otras a lo largo y ancho del mundo, trayendo un halo de esperanza. ¿Seríamos capaces de lograr acuerdos en las diferencias? ¿Seríamos capaces de arreglar las diferencias sin matar a quienes consideramos enemigos, con balas o con palabras?
Y las universidades comenzaron a ofrecer maestrías y doctorados en manejo y transformación de conflictos. Y muchos se graduaron y se gradúan y salen con sus diplomas al mundo, flamantes conflictólogos. No solo abogados, sino también médicos, periodistas, filósofos, sociólogos… La lista es larga…
Y en fin de año, entre la ternura de los villancicos y los buenos deseos de un mundo en caos, surge otra guerra…
Frente a la masacre de Gaza, los seres humanos y las instituciones que hemos creado se muestran absolutamente inoperantes. Como corresponde, Naciones Unidas y Estados Unidos dieron sendas declaraciones y pidieron una tregua, Lula y Chávez se mostraron un poco más fuertes en sus afirmaciones, los palestinos en otros países se presentan divididos, Egipto dice que hay que cuidar la población civil y Bush da luz verde al ataque solidarizándose con los civiles. (…) A los pedidos de las autoridades religiosas les falta la fuerza de quien suda sangre al decirlo. Oí a una cantante decir que sentía ganas de vomitar al cantar una copla, tanto su organismo se metía en la canción y la padecía. ¿Y nosotros qué sentimos al hablar de las guerras?
Para los judíos su tierra es la tierra prometida, para los palestinos Gaza se ha convertido en la muerte prometida…
Los que intentamos trabajar por la paz tenemos que encontrar acciones eficaces o nuestras propuestas son solo deseos que no se traducen en comportamientos ni en leyes que los respalden. Estamos lejos de lograrlo. Nos hemos dedicado, y mal, a educar la razón pero hemos dejado de lado el corazón, los sentimientos, las relaciones. Esas que hacen que seamos lo que somos. “En el corazón tenía la espina de una pasión, logré arrancármela un día, ya no siento el corazón”, escribió Machado.