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Edición del DOMINGO 4 de Enero del 2009 EL UNIVERSO inicio e-mail
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Cine 
En La Habana el habano se pone tacones
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Yara, una de las once salas de cine en las que se proyectaron las películas del festival.
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Texto y Fotos: Diana Varas Rodríguez (dianavaras@gmail.com), especial para La Revista

El 30º Festival del Nuevo Cine Latinoamericano de La Habana se llevó a cabo desde el 2 hasta el 12 de diciembre. Una documentalista guayaquileña llevó su película A imagen y semejanza, como parte de la selección.

En La Habana no existe el tiempo. Es una ciudad paradójica, llena de fantasía y realismo. Me fui sin saber dónde llegar, con poca ropa y miles de jabones, champús, pasta de dientes, latas de atún, una televisión y hasta un DVD, porque me dijeron que había demasiadas restricciones. No eran para mí, eran para ellos, los personajes cubanos que no conocía y que sabía que me iba a topar por las esquinas.

La idea que tenía sobre esa ciudad se basaba en lo que me habían comentado: “Un lugar lleno de pobreza y necesidad”, pero me topé con una realidad más desbordante: algunos usaban como papel higiénico el periódico en el que Fidel Castro escribe los editoriales. Una metáfora corporal que recrean día a día para liberarse en silencio de su realidad.

Cuando alguien está más lejos de su lugar natal, está más cerca de sí mismo. Es ahí cuando nos enfrentamos a lo que en realidad somos. Estar en un espacio ajeno al acostumbrado nos sitúa frente a un espejo, donde la imagen es difusa, ya que lo que se expone no es lo físico, sino la esencia, las cargas personales y el destino que solo depende de cada quien.

Desde que me acredité en el Festival de La Habana en el Hotel Nacional me sentí en una videoteca viva. Los mejores directores, productores y actores me salían al paso: Mike Leigh (Gran Bretaña), el director de Vera Drake (2004) y Happy-Go-Lucky (2007); Benicio del Toro, premiado en el Festival de Cannes por mejor actor en las dos películas del Che dirigidas por Steven Soderbergh y ganador de un Oscar por mejor actor de reparto en la cinta Traffic; Paul Leduc (México) y Miguel Littín (Chile), que recibieron el Coral de Honor, reconocimiento que otorga ese mismo festival... y muchos más.

A imagen y semejanza, mi documental de corte antropológico y sociológico, fue parte de la selección en la categoría Latinoamérica en Perspectiva, sección Informativa Documental. Trata sobre la vida de cuatro transgéneros y su lucha por legitimizarse como ciudadanos (¿o ciudadanas?). Mucho más importante que el hecho de que se haya pasado el filme fue que se abrió un espacio de diálogo importante con un público diverso, de diferentes nacionalidades y percepciones. La gente se quedó una hora opinando y hablando sobre la realidad homosexual en Cuba, Ecuador y el mundo.

Una chica francesa planteó que la identidad y la sexualidad son dos cosas diferentes en el ser humano, otra la refutó diciendo que eran complementarias. Se planteó también que la diversidad sexual es infinita y querer encasillarla o conceptualizarla en categorías la limita. Una cubana comentó: “Acá meten presos a los homosexuales solo por estar caminando en el malecón”.

Para cerciorarme de que lo que ella me dijo era real, perseguí a un grupo de homosexuales en la calle 21, me hice amiga de ellos y me llevaron al malecón. “Conocerás la realidad homosexual aquí en La Habana, nuestro punto de encuentro es donde van las prostitutas, los ladrones, los borrachos. No hay lugares para nosotros, el único que existe es muy caro y solo es para extranjeros”, me dijeron.  El malecón turístico en la noche del viernes se convierte en la guarida de los personajes marginales y sórdidos de esa ciudad.  Yo fui a conocer la verdadera La Habana, la que no vive en las calles, sino en los personajes que se encuentran divagando y respirando salitre, para hendirse e  inmortalizarse en cada esquina.

Cuando llega la noche, el habano se pone tacones, da bocanadas de humo al pie del mar y deja una marca de pintalabios en los ojos curiosos. Lo sórdido se vuelve mágico, diverso, paradójico. Una dualidad que corrompe y da vida. El peligro se sensualiza, se vuelve ficcional. Me quedé ahí hasta que llegaron los policías para introducir en sus carros antiquísimos a la primera persona que agarraran al dar manotazos a la montonera. Yo me escurrí entre ellos, sin despedirme, para mirar de lejos como si fuera una espectadora de butaca la barbaridad que viven día a día.

Caminé sola por las calles de esta ciudad que me hizo sentir habanera. “Soy de todas partes”, pensaba siempre que me enfrentaba a ese lugar como si hubiera vivido ahí toda la vida. Y me ensimismaba en pasar dentro de los cines, viendo películas, tratando de detener el tiempo y aprovecharlo al máximo para no perderme ninguna proyección del festival. Vi La rabia, de Albertina Carri (Argentina, 2008); La mala, de Lilian Rosado González (España y Puerto Rico, 2008); Los paranoicos, de Gabriel Medina (Argentina, 2008); Leonera, de Pablo Trapero (Argentina, Corea del Sur y Brasil, 2008), con la que se inauguró el festival y ganó el premio especial del jurado; Tony Manero (Chile, Brasil, 2007), de Pablo Larraín, que ganó el premio Coral al mejor Largometraje de Ficción, y un sinnúmero de películas.

Tony Manero es un personaje sórdido y obsesionado con el papel de John Travolta en Saturday Night Fever. Es silencioso, apático, misterioso, vemos que repetidas veces va a una vidriera a cotizar diferentes tipos de vidrios y hace todo lo posible por conseguir dinero. Mata, roba, estafa, solo para construir en su casa-bar un piso de vidrio que se ilumine desde abajo para poder hacer su show igual al de la película en una de sus presentaciones.

La rabia, en cambio, trata de la vida de una familia de campo en Argentina, el personaje principal es una niña autista que ve cómo su madre tiene relaciones sadomasoquistas con el vecino. Ella solo se expresa con dibujos grotescos, sexuales, con escenas de crimen, ya que vive diariamente la violencia familiar. El filme se complementa con animaciones de las pinturas de esa misma niña atormentada. Cuando ella se encuentra en situaciones de violencia, grita intensamente, como los chanchos que mataba su padre en la finca.

Era dueña de mi tiempo, vi todo lo que pude e hice –sin restricciones– miles de contactos con las personas que me salían al paso.

Mientras algunos cubanos quieren huir para probar nuevos rumbos, yo quiero volver y quedarme, descascararme como las casas de la Vieja Habana hasta tocar lo más profundo, para poder rehacerme. Estudiaré cine. Esta es una de las particularidades más increíbles de saberse una esponja mutante: quién sabe qué seré dentro de algunos años. Quizás abogada, quizás una vedette con mala educación, quizás, quizás, quizás...


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