A pocas cuadras, sin embargo, se consigue la tranquilidad. Ballenita no ha experimentado mayores cambios a lo largo de los años. Se construye poco. La mayoría de la gente prefiere el ambiente multitudinario de Salinas o la proximidad de Playas.
Al cruzar toda la localidad, pasando delante de la iglesia, subiendo hacia las lomas se encuentra el Farallón Dillon. Farallón significa acantilado sobre el mar. Una buena señalización nos guía desde el pueblo. Tiene ya 17 años de existencia, ha logrado no solamente ganarse buena fama sino modernizar de un modo espectacular su aspecto. La ubicación es absolutamente fuera de serie. El panorama soberbio permite alcanzar toda la bahía.
Una piscina ha sido instalada en el filo mismo del acantilado, lo que proporciona una vista dramática mientras uno goza de un hermoso esparcimiento. En realidad, más que un restaurante es un lugar ideal de encuentro rematado por un museo náutico. El capitán Dillon, hombre de mar, es el primer fanático de aquel paraíso que ha sabido crear.
No pretende ser un restaurante de lujo. Aquí las cosas tienen buenamente el sabor de lo que son sin salsas sofisticadas, salvándose uno que otro plato exótico como pueden serlo el pollo con tres mieles o la banana flambeada en el licor Espíritu del Ecuador. Los precios bastante razonables oscilan ente $ 6,50 y $ 9.
Se ha levantado una torre-faro al lado mismo de la piscina, y la terraza permite almorzar o cenar disfrutando del extraordinario paisaje. Uno puede también alojarse, pues hay trece habitaciones disponibles, diez de las cuales son cuádruples ($ 48 más impuestos por pareja y $ 15 más por cada acompañante). La carta es limitada pero suficiente, pues abarca pescado, pollo y carne vacuna. Denys Pita administra con profesionalismo. El servicio es rápido y atento. Existe un estacionamiento privado con guardianía.
Desde luego encontrarán allí los infaltables cebiches de pulpo, pescado, calamares o camarones, pero también las ostras grandes gratinadas. Pudimos probar excelentes langostinos a la plancha, medallones de pez espada al ajillo, filete de dorado a la meunière (mantequilla, perejil, limón) en salsa de mariscos o de nueces.
No creo que sea tan indicado llegar a semejante lugar marino para comer carne, pero por si acaso la carta incluye lomo a la plancha, châteaubriand, filet mignon. Eso de filé miñon se presta para muchas recetas, siendo la más clásica aquella que incluye champiñones, reducción de la salsa. Los platos vienen acompañados de simpáticos patacones o papas al vapor. Hay una gama limitada de vinos, pero en regla general los clientes prefieren beber cerveza o gaseosas. Los postres son pocos, siendo el más solicitado el banano flambeado y rematado con una salsa de mora.
Muchos extranjeros llegan allí en tours organizados. A veces pienso que ellos aprecian estos sitios más que nosotros y me da mucha pena.