A pesar de todas las vidas humanas que se han sacrificado en la historia por el enfrentamiento político y social entre la izquierda y la derecha, nuestros políticos insisten en encasillarse en uno de los dos lados. No se permiten un limbo ideológico. Pareciera que todos hemos olvidado la sangre que se ha derramado en nombre de la derecha y de la izquierda.
Pareciera que olvidáramos que el ícono de la izquierda latinoamericana sigue siendo Fidel Castro, un hombre que lideró una revolución sangrienta cuyos resultados finales son la Cuba avejentada y poco esperanzadora que hoy vemos. Una isla que en la teoría se hace llamar izquierdista, pero que en la práctica tiene descarados parecidos a la más voraz de las derechas: un pueblo que trabaja por sueldos de esclavos a favor de un ínfimo grupo dominador que vive en la opulencia. Los extremos parecen juntarse en sus puntas, como un hilo cuyos finales están magnetizados para evitar su separación y obligarlos siempre a coexistir. Decir que regalar salud y educación es suficiente para sustentar un Estado de extrema izquierda es un razonamiento descorazonado y desalmado, muy lejos de la sensibilidad humana que la izquierda dice tener.
Por el lado de la derecha, la historia del general Augusto Pinochet en Chile simboliza uno de los más crudos enfrentamientos en nombre de las ideologías. La derecha tampoco puede enorgullecerse de representantes actuales como George W. Bush. Su gobierno conservador le costó la vida a mucha gente por su sed desenfrenada de poder económico y por su obsesión de supremacía bélica. Y para rematar su gestión con broche de oro negro, está por entregar el mandato de su país dejándolo inundado en una profunda crisis financiera que ha afectado la vida de millones de estadounidenses, y cuyos efectos se han trasladado al resto del mundo como un virus que no respeta fronteras.
La izquierda y la derecha tienen un legado demasiado oscuro para defenderlas ciegamente. Vietnam, Cuba, Chile, Rusia, Estados Unidos, China son países que guardan historias aleccionadoras de lo que puede pasar cuando la izquierda y la derecha insisten en enfrentarse. Políticamente son un ciclo inevitable, ambas son temporales. Ningún pueblo soporta eternamente cualquiera de los dos lados. El tiempo como único testigo imparcial se encarga de darle la oportunidad al que no la tuvo. La misma Cuba volverá a ser de derecha inevitablemente en algún momento, solo es cuestión de tiempo. Sería interesante ver emerger personajes sin el encarcelamiento ideológico de siempre, alejados de la necedad histórica de pertenecer a una corriente de pensamiento tradicional. Estos nuevos candidatos pueden comenzar su vida de servicio sin conflictos. Si no son ni de derecha ni de izquierda, no tienen enemigos naturales. Serían una especie animal sin depredador. No tuvieran compromisos con ningún grupo, pero podrían trabajar con todos. Pudieran llegar al poder con libertad de acción, pudieran dedicarse a lo que realmente importa, que es generar bienestar integral al pueblo que lo eligió. No se desgastarían insultando a nadie, pues carece de antagonistas. Trabajarían frontalmente sin complejos de la mano con los empresarios privados para que generen empleo a su pueblo, impulsarían sin temor el correcto pago de impuestos de todos, fortalecerían al Estado con fervor para educar y para dar salud a su gente, castigarían sin revancha a quien robe dinero del Estado.
El mundo ya no necesita gente de izquierda ni de derecha, sino gente de frente.