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Edición del DOMINGO 28 de Diciembre del 2008 EL UNIVERSO inicio e-mail
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Escapismos y fantasías, nuevos jinetes del apocalipsis
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La primera versión de El día que la tierra se detuvo (1951). Michael Rennie como Klatuu y Gort, el robot.
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Carlos A. Ycaza | cicaza@eluniverso.com

En su nueva metamorfosis, El día que la Tierra se detuvo solo sirve para recordarnos los vacíos direccionados que Hollywood aplica a la sociedad actual.

“El entretenimiento escapista debe ser tan grande y exhaustivo como las temibles realidades sociales que trata de oscurecer”, decía el crítico Michael Atkinson, escribiendo sobre los últimos años de la maquinaria de Hollywood. Para Atkinson, una parte significativa de los grandes espectáculos cinematográficos ha estado ligada siempre a la sociedad estadounidense que apoyó al presidente Bush, especialmente luego de la tragedia de septiembre 11 en el 2001 y la marea desaforadamente patriotera que esto desencadenó.

Así, muchos de los grandes temas antibélicos y ecológicos quedaron materialmente sepultados del gran público, arrasados por los impactos de Spiderman y cientos de otros héroes cuya única consigna es divertir los cráneos de todas las edades y colores, haciéndoles olvidar que el consumo indiscriminado de este tipo de cine solo acompañará más tarde la debacle ambiental y económica que recién se comienza a advertir este año.

El día que la Tierra se detuvo vio la luz por primera vez en 1951 –la guerra de turno era en Corea– cuando humildes voces alternativas trataban de ser ventiladas con la historia de un extraterrestre que llega a la Tierra a diseminar un evangelio pacifista, como una advertencia  enmascarada en un cuento de ciencia-ficción, donde el alienígena asume la identidad física de un diplomático y quijotesco terrícola (el británico Michael Rennie), que sale de un platillo volador de cartulina. Su Sancho Panza es un robot metálico sin rostro, un metro más alto que cualquier humano y con una ventanilla que se abre en la frente y de la cual pueden salir rayos  pulverizantes cuando advierte algún acto belicoso. La película fue uno de esos bodrios Clase C que motivó sesudos estudios sobre su escuálido mensaje: sí, la guerra hace daño y debemos hacer conciencia. Todo siguió igual y después de Corea vino Vietnam.

Ahora estamos peor: en la época de bombardeos en Iraq, el día que detiene ahora la Tierra llega con un Keanu Reeves repitiendo un poco su catatónico rol de Matrix. Ahora el evangelio se ha sensibilizado no solo al pacifismo y la nave espacial es una enorme esfera salida de la realidad virtual, no se la puede tocar, solo ver.

Además atrae a los animales y su paralelo bíblico con el Arca de Noé podría ser parte del sermón. Keanu se llama Klatuu y el robot que lo acompaña es imponente, porque es una descomunal creación digital, mucho más neurótica que la anterior. Cuando el gigante es llevado a un centro nuclear subterráneo para ser investigado, el resultado es una hecatombe que involucra  millares de partículas metálicas que arrasan Manhattan, al igual que plagas de langostas que llegan antes de los jinetes del apocalipsis.

“Hemos venido a terminar con los seres humanos para salvar a la Tierra", dice Klatuu con su rostro de piedra. Él viene de galaxias donde la guerra no existe y cuando en alguna estrella se detectan las anomalías que vivimos en la Tierra, se movilizan para impedirlas. El problema es que estas películas rebosan de una pérfida y marketeada ingenuidad que cada vez se hace más grotesca. Verlas solo nos lleva a la inercia y a la insensibilidad reinante frente a crisis e injusticias en el mundo. La Tierra y sus males nunca se detendrán mientras más terrícolas nos sigan trayendo estos extraterrestres.

Esperemos algo mejor en el 2009.


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