Ya se fueron otra vez 365 días en este año y ante la típica exclamación de “qué rápido se pasó el año”, debo solo argumentar que espero que haya ganado y perdido, porque en ocasiones se “gana perdiendo”. Digo esto por Britney Spears, por ejemplo, después de una larga historia negativa, este año su vida dio un giro en el que parece haber descubierto lealtad y preocupación por parte de sus seres cercanos, y eso es bastante.
Un año demencial para el calendario que tuvo que lidiar en este 2008 con nacimientos por partida doble de los Jolie-Pitt, los Muñiz-López (Marc Anthony y JLo), Ricky Martin y su prima. También partidas irreparables como la de Paul Newman y Heath Ledger. Y giros inesperados en la historia como el triunfo de un candidato negro en la presidencia de los Estados Unidos. Cuando se termina un año, todos nos aprestamos a “reventar” lo vivido como se dice, quemar lo malo e implorar por tiempos inmediatos mejores.
Todos los 31 de diciembre se refleja la emoción de compartir en familia, con amigos. Ver desde un punto los fuegos artificiales, la quema de los años viejos y dar rienda a una serie de rituales para muchos absurdos, para otros esenciales. El otro día, en la parte de lencería de una tienda pude constatar con comicidad que ya no hay prendas íntimas de colores rojo y amarillo. “Se las han llevado todas”, dice el vendedor. Afirma que la fecha demanda de esta cabala para empezar bien los días. Las doce uvas, correr con la maleta y dinero en mano, entre otras costumbres arraigadas.
Todos nos sentimos inmersos en la celebración de una fiesta que trasciende fronteras. En Venezuela, antes de las doce de la noche, las familias se reúnen para comer una hayaca supercondimentada pero que sella la amistad y la confraternidad con los seres queridos. En Brasil, en cambio, el cielo se ilumina con fuegos artificiales al pie de las playas. El mar juega un papel fundamental: las sacerdotisas africanas encienden velas y lanzan al mar pequeños barcos llenos de flores y regalos para que las olas se los lleven, aseguran así un buen presagio de la diosa Yemanjá.
Los alemanes queman castillos de fuego para espantar los malos espíritus; en Italia se arrojan los trastos viejos por la ventana para deshacerse del pasado, mientras que las uvas son sustituidas por lentejas para atraer la buena suerte en el nuevo año.
Donde me encantaría estar es en Japón, hay quince días de fiesta y diversas actividades, visitar el templo budista, comer sopa con fideo y tomar un rico Sake.
Uno de los lugares sin duda alguna que supo capitalizar este espíritu festivo de fin de año es definitivamente el Time Square en Nueva York. Luces, bulla y color, un verdadero show con gran resonancia marketinera. La bajada de la esfera de fin de año da la bienvenida al nuevo año. Una costumbre marcada desde 1907 y en constante evolución para mejorar el espectáculo, dicha imagen global este año tiene setecientos cristales de Waterford y está iluminada con cerca de diez mil lamparitas.
Cada quien prepara su manera de celebrar el fin de año, El próximo vendrá con más producción cinematográfica que nos transporta a un mundo de ficción o reflexión, libros que nos marcan el camino y buena música para disfrutar en el viaje.
El otro día me puse a pensar sobre cuántos anhelos había logrado cumplir en este año. Debo reconocer con honestidad que casi ninguno que me había propuesto. Pero en el camino encontré cosas peores y mejores. Tengamos propósitos pero hay que aprender a distraerse en el camino sin temor a cambiar el rumbo. Le deseo dos cosas en la vida: todo lo que lo haga sentirse feliz y nada que le afecte al punto de no recuperarse.
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