Luz Marina Mendes dijo que su hijo, de 19 años, intentó suicidarse dos veces bajo el influjo de la droga.
Durante mucho tiempo, los indígenas tikuna que viven cerca de este reducto del Amazonas creyeron que su comunidad era un lugar de inmortales que los protegerían y asegurarían su existencia.
Sin embargo, últimamente descubren que la ubicación puede ser, en cambio, una maldición.
La comunidad tikuna de Mariacu se localiza en las riberas del Río Solimoes, a menos de 5 kilómetros por un camino de tierra rojiza desde Tabatinga, bullicioso pueblo comercial. El área se ha convertido en un imán para los narcotraficantes que rondan por las fronteras con Colombia y Perú.
Algunos indígenas aceptan dinero para trabajar como “mulas” de drogas, al utilizar su conocimiento de los ríos y el denso bosque tropical para transportar cocaína hacia Brasil, señalan varios funcionarios locales. Y un creciente número de jóvenes tikunas caen en las drogas y el alcohol, que en opinión de líderes indígenas es la causa de los aproximadamente 30 suicidios adolescentes ocurridos en los últimos 5años.
Para los indígenas, estos traumas representan la amenaza en una lucha por la supervivencia tribal. Con el alto desempleo y los nuevos retos a sus medios de vida, la comunidad lucha para evitar que los jóvenes se pierdan en los vicios del mundo del hombre blanco y que se destruya su cultura.
Al igual que otras comunidades indígenas asentadas cerca de crecientes áreas urbanas, los tikunas se ven tentados por el consumismo. El alcohol, las drogas y el dinero proveniente de éstas últimas parecen ofrecer una salida.
Luz Marina Mendes, hermana de Oswaldo Honorato Mendes, uno de los jefes de Mariacu, dijo que en dos ocasiones estuvo a punto de perder a su hijo de 19 años, Donizete, cuando intentó suicidarse durante estupores inducidos por las drogas.
Las cosas llegaron a un punto crítico para los líderes tribales a principios de octubre, cuando Ildo Mariano, de 18 años, se ahorcó mientras sus padres dormían. Tenía meses de beber y posiblemente drogarse con amigos que vivían en Tabatinga, dijo su padre, Alfredo Mariano.
Cuatro días después del suicidio, los jefes convocaron a autoridades de la Policía federal, civil y militar de Tabatinga para sostener una reunión en Mariacu, hogar de unos 5.200 tikunas.
Le suplicaron a la Policía que hiciera más para controlar a los narcotraficantes y arrestar a los infractores de la ley. Las autoridades policiacas escucharon, pero se marcharon sin poder ayudar.
“Los jefes quieren resolver un problema social con la Policía, y eso está equivocado”, dijo Sergio Fontes, superintendente de la Policía federal en Manaus, que tiene a Tabatinga dentro de su jurisdicción.
Los narcotraficantes se acercan a los indígenas, porque éstos con frecuencia no entienden que las sustancias que les piden que trasladen son ilegales, dijo Francisco García, que dirige la cárcel local.
En vista de que la Policía ha rechazado, al menos por ahora, la petición de los indígenas, los tikunas tendrán que lidiar con sus propios problemas.
“Los tikunas se encuentran entre dos mundos y no sé cuál es peor”, aseguró Fontes.