¿Es usted una de esas mamás (o papás) que no pueden llegar a casa y tener un minuto de paz porque sus hijos le demandan atención inmediata, quieren mostrarle alguna cosa, piden que les ayude en algo, le interrumpen cuando está hablando por teléfono, mejor dicho, le exigen que no les quite los ojos de encima en ningún momento?
Se me ocurren varios motivos por los que los niños hoy demandan cada vez más atención, pero a mi juicio, la más poderosa es que no la tienen de verdad. Es paradójico pero, por una parte, se les ha enseñado que ellos se merecen toda nuestra dedicación cuando estamos con ellos (y cuando no también). Pero por otra, como estamos entrenados para el “multi-tasking” (hacer mil cosas a la vez) cuando estamos ahí, nuestro cuerpo está presente, pero la cabeza y el corazón están ausentes.
Hagamos la prueba: ¿Somos de esas mamás que cuando necesitamos a uno de nuestros hijos llamamos varios nombres antes de pronunciar el correcto (el de quien requerimos)? ¿De los que nos tenemos que devolver a la habitación para “reconstruir los hechos” porque llegamos a la cocina y no recordamos a qué veníamos? ¿De las que pasamos horas buscando los anteojos y finalmente los encontramos ensartadas sobre la cabeza? No es que tengamos la enfermedad de Alzheimer, como afirmamos, sino que tratamos de estar en todo a la vez y, por supuesto, no estamos en nada.
Tenemos tantos frentes que atender que, cuando estamos con los hijos, apenas alcanzamos a corregirlos y a apurarlos, pero no a escucharlos, a comprenderlos, ni a gozarlos… Y solo les damos atención total cuando gritan o lloran, o cuando hacen alguna trastada.
Los niños se dan perfecta cuenta de que a menudo fingimos prestarles atención, pero que nuestra mente y nuestro corazón están en otro lugar en ese momento. Y por eso siguen reclamándola cada vez con más voracidad. Nadie queda satisfecho con lo que recibe a medias.
Si tenemos poco tiempo, hagamos muy buen uso de este, y démosles a las personitas que “más amamos en el mundo” atención centrada y exclusiva, de ser posible, en el momento en que llegamos a la casa. Esos espacios de encuentro afectivo, que no tienen que ser muy largos, pero en los que estamos totalmente concentrados en los hijos y en lo que nos están contando, mostrando o preguntando, les dicen que son muy importantes para nosotros, que sus asuntos nos interesan… que los amamos.
¡Y es eso lo que buscan ardientemente los hijos!