jueves 18 diciembre Columnistas

José Antonio Gómez Iturralde jgomezi@gye.satnet.net

Guayaco y republicano

León Febres-Cordero fue un “Guayaco” a carta cabal; digo así, porque guayaquileño es cualquiera que tenga a Guayaquil como ciudad natal. “Guayaco” es la estirpe de aquellos individuos que a lo largo de los siglos, aferrados a las riberas del Guayas, después de cada desastre, una y otra vez reconstruyeron la ciudad para conservarla como alma, corazón, nervio y columna vertebral de la patria sin traicionarla jamás.

Durante tres décadas, de valiente e inteligente trayectoria política, su personalidad llenó el ámbito público nacional. Alcanzó el máximo rango que hombre alguno pueda aspirar dentro de su sociedad, combativo y combatido, con aciertos y errores, lo cumplió con honor ante el país. Cuando pudo retirarse de la vida política para mantenerse como árbitro de ella. Su profundo cariño y compromiso ciudadano con Guayaquil, le exigió asumir un nuevo reto, para responder al clamoroso llamado urgente de la colectividad guayaca. Se jugó su suerte y prestigio para rescatarla del albañal físico y moral en que la pusieron. Lo hizo en forma tan contundente y terminante, que la ciudadanía no ha dejado ni dejará de apoyar la eficiente continuidad administrativa municipal que él sembró, y que la excelente gestión actual ha mantenido e incrementado con creces.

Hay una idea generalizada y muy explotada entre sus malquerientes: la del hombre duro, tajante, de sentencias lapidarias, con que sepultó a la mediocridad e incompetencia de los que aspiraban, sin argumentos, oponérsele. Pero yo, aunque mayor que él, que lo conocí desde niño cuando viajábamos en el mismo autobús al Cristóbal Colón, y mantuvimos desde entonces una relación mutuamente respetuosa y considerada. Que conocí y recibí el aprecio de sus padres y hermanos, y años más tarde de su propia familia; especialmente de sus hijas, muy allegadas a las mías, me puedo permitir entrar en lo subjetivo para muy brevemente mencionar al hombre, al ser humano.

Lo conocí dueño de un elevado concepto de la amistad, por eso concedió la suya a limitado número de personas. Conocido de muchos, pero amigo, de pocos. Conversador ameno, capaz de intervenir en cualquier nivel, que ante agudezas nacidas de la charla, sonreía hasta con los ojos. Generoso y solidario con sus amigos. Valiente, leal y abierto. Estrechaba la mano con la fuerza de la franqueza, veraz, sincero, sostenía la mirada de frente. Padre dedicado a sus hijas. Las formó con su singular forma de ser, y tuvo la constancia, paciencia y dedicación para forjar en una de ellas a la gran deportista que fue. Me siento libre de escribir sobre él. Nuestra relación nunca fue movida por interés alguno.

Por eso, nada que se diga y escriba en memoria de León Febres-Cordero Ribadeneyra, será jamás la última palabra. Su presencia creadora, controversial, debatida y polémica, que durante 40 años pesó en la vida pública y en la historia de nuestra ciudad y del país, hará correr mucha tinta durante muchas décadas más. Honroso final para el hombre íntegro, que no defraudó al país y mucho menos a su ciudad y provincia. Guayaco de cuerpo entero. Guayaco de corazón, que a diferencia de aquellos que desbordarían una galería de viles, ocupará el amplio espacio y estela dejadas por nuestros hombres notables.

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