Los cuervos de repente adquieren una preponderancia fundamental. A mí los alados negros me caen bastante bien, desde que el señor Edgar Allan Poe hizo hablar a uno con palabras lapidarias en uno de sus poemas: “¡Nunca jamás!”. Creo que ninguna de las creaciones del escritor norteamericano quedó registrada en el imaginario global como la desengañada visión que encarnó en su cuervo-musa. Y ni decir de Vincent van Gogh con sus trigales dorados bajo cielos oscuros, con manadas de cuervos que no sabemos si huyen o nos persiguen en siniestras premoniciones.
Entonces, ponerle una cabeza de cuervo a un policía de tránsito en una modosita exhibición de artistas plásticos locales –mientras escribo esto hay una manifestación de ellos en la plaza Rocafuerte para solidarizarse con lo que hizo el colega en la Universidad Católica– puede recibirse de muchas maneras, pero nunca debería ser motivo de censuras histéricas.
Si algo detiene el desarrollo de los pueblos, es precisamente el taponeo de sus expresiones culturales. Y con esto viene lo más abyecto: los intelectuales y artistas que se alinean con el poder, para sumar sus voces al sermón sabatino, siempre relevando lo políticamente correcto en el gobierno de turno y descartando –o persiguiendo– lo que no es así. ¿Puede uno concebir la historia del arte contemporáneo sin las 'rarezas' del surrealismo? ¡Que vengan más cuervos!
Estos pajarracos son también emprendedores, juguetones, jodedores. Siempre tienen hambre. En el pequeño patio de mi casa bajaban como proyectiles y perseguían a Petunia, mi pobre perra salchicha que corría a esconderse.
A pesar de su acervo de piratas de los campos –los espantapájaros fueron creados para alejarlos– un cuervo también es muy 'pilas'. Quizás nunca tengan la expresividad de los loros, pero su lenguaje corporal es dinámico, aparentemente sociable, siempre y cuando uno no se meta en su terreno. Ellos sí son entrometidos y su parloteo en el mundo alado quizás pueda significar camorra, porque son temidos por su fuerza, agilidad y rapidez.
En el cine, ellos invadieron Los pájaros (1963), una de las obras maestras de Alfred Hitchcock. Allí eran parte de una apocalíptica vendetta ecológica, porque después de todo uno siempre ha comido pájaros. Pero mi ligazón cinéfila con ellos tiene que ver más con su espíritu libre, irreverente, desbocado. Un gran director-cuervo tiene que ser un independiente total, igual que el maestro van Gogh, que pintaba hasta con su sangre. Nada de maniqueísmos ni estructuras mentales establecidas o impuestas.
Es la lección primordial para tiempos desencajados por griteríos absolutistas. La creación artística nunca debe ser comprimida a lo que es simplemente bonito o socialmente relevante. Todo lo que concierne a la raza humana siempre estará enraizado con lo misterioso y lo impenetrable. Nada es predecible y los artistas son los verdaderos profetas.