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| Alma En El Trabajo |
| La evaluación como estrategia de acompañamiento |
Carlos Muñoz Gallardo | carlosmunoz@humane.edu.ec
El miedo a ser evaluados es algo que arrastramos desde corta edad. Ante la evaluación se suele tener una actitud defensiva o justificativa de los propios errores.
En el campo empresarial, muchas veces el trabajador tiene temor de que fruto de aquello puedan despedirlo o “serrucharle el piso”, es decir, que otros ocupen su puesto de trabajo.
En una de las evaluaciones a las que fui expuesto recuerdo que mi jefe me dijo algo así: “Carlos, en esta empresa todos son tiburones, por lo cual o aprendes a defenderte o te matarán”. Lógicamente, en un ambiente tan agresivo es muy difícil abrirse a un proceso de evaluación constructivo. Lejos de ser simplemente un mecanismo de control, la evaluación debe ser una forma de acompañamiento continuo y de promoción. La evaluación debe ser orientada como una estrategia de acompañamiento al trabajador en la que le muestra con claridad el lugar donde se encuentra y le brinda la ruta que debe seguir para alcanzar las metas acordadas previamente.
En otras ocasiones, la evaluación es vista como un simple “requisito” que debo cumplir, pero que no le agrega nada a mi proceso de desarrollo o el de la empresa. El proceso de evaluación debe estar enmarcado dentro del plan estratégico de la empresa para que ayude al desarrollo de las personas.
Para que la evaluación sea realmente beneficiosa tiene que tomar en cuenta diversos factores. De parte del evaluador es fundamental que tenga una aproximación objetiva a la realidad y no se deje llevar por prejuicios o ideas reductivas hacia la persona evaluada. Para ello, las competencias que serán evaluadas deben estar claramente definidas y ser fácilmente identificables para no caer en ambigüedades o interpretaciones equívocas de la realidad.
Otro tema por considerar son los valores y principios que guiaron el desempeño de la persona. El trabajador no debe ser simplemente evaluado con miras a la meta alcanzada, sino también con base en los valores que guiaron el proceso en la consecución de dicha meta. Por ejemplo, no basta haber incrementado el 10% las ventas si esto va en desmedro de la atención al cliente o de la ética en el trabajo.
Adicionalmente, es importante evaluar no solo sobre resultados individuales, sino sobre metas comunes. De esa manera no se genera una actitud de enfrentamiento entre los distintos departamentos o personas de la empresa. Una forma de lograr la colaboración entre todos es evaluar metas comunes y premiar a quienes ayudan a desarrollar a las personas a su cargo o generan un ambiente de cooperación con otros departamentos.
La evaluación no debe darse solo una vez al año, sino que tiene que ser un proceso continuo en que la persona pueda dar seguimiento a sus avances y tomar correctivos a tiempo. Es una oportunidad para ir a la raíz de ciertas actitudes que afectan el desempeño. En la medida que el trabajador se identifique con los valores y la visión de la empresa se exigirá sin que necesite de alguien que ejerza “control” permanente, pues está comprometido con los principios e ideales de la institución.
Un signo de madurez de la persona es cuando constantemente está buscando retroalimentación de sus compañeros de trabajo o sus jefes. La autoevaluación es una actitud interior que busca constantemente la superación y la rectificación si fuese necesario, para poder entrar en un proceso de desarrollo continuo. No tengamos miedo a la evaluación, sino a acostumbrarnos a la mediocridad e indiferencia que impiden la mejora continua.
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