Mi nombre no es Sal Paradise, y mi viaje de Nueva York a San Francisco, el pasado julio, junto con dos viejos amigos, no estuvo marcado a hierro por el alcohol, las mujeres, el bebop y las altas velocidades. Pero había algo del espíritu de On the road (Jack Kerouac, 1957) en aquel camino.
Si en la novela que definiría a la generación beat el excitado Paradise viaja hacia el oeste en busca de la verdadera América, lo cual es como decir su verdadero yo, había también algo de búsqueda en nuestra decisión de trazar un recorrido de costa a costa de Estados Unidos con una mochila, el libro de Kerouac debajo del brazo y 34 años en el pasaporte. Para Javi Fernández, editor de arte del grupo Prensa Ibérica en España, y Paco Pascual, uno de los jefes de economía del diario El Mundo, significaría además su primer contacto con Norteamérica.
Hoy puede costar creerlo, pero mentiría si digo que en aquellos días las calles y carreteras de Estados Unidos daban por seguro ganador al ahora presidente electo Barack Obama. Allí donde fuimos por tres semanas encontramos incluso en los demócratas, más militantes, cierta incredulidad ante la posibilidad de que un afroamericano demasiado joven y demasiado optimista llegara a la Casa Blanca, y en los pequeños y conservadores pueblos de Arizona y Utah que cruzamos al volante de una Toyota Sienna de alquiler encontramos dientes apretados frente a la posibilidad de un cambio de rumbo.
Nueva York nos recibió tomándose esa realidad con humor. En el aeropuerto JFK las pantallas de televisión discutían el grado de incorrección política de una ácida portada de la revista The New Yorker, que mostraba un dibujo del candidato demócrata vestido de musulmán en un despacho oval adornado con la fotografía de Osama Bin Laden junto a su esposa de guerrillera. Estaba visto que sería imposible escapar del ambiente electoral durante el viaje.
Lo intentamos. Y también huir de la falsa religión estadounidense: el consumo. Pero fracasamos. Aunque nos alojábamos en hostales e intercambiamos sonrisas burlonas al ver que en la quinta avenida cientos de personas hacían una cola de más de seis horas, ¡un martes por la mañana!, para conseguir el nuevo iPhone; antes del tercer gallo ya nos habíamos traicionado y estábamos pertrechados con cámara de fotos, reloj y zapatillas de deporte nuevas.
Y con una clara conciencia de que en el norte nada permanece: el mítico club CBGB, en el que nació el punk, se ha transformado en una tienda de modas, y los barrios chino e italiano son ya poco más que decorados en un país tomado por los hispanos, en el que las tradicionales pizzas de John’s, en Bleecker Street, están desde hace 22 años en manos de un salvadoreño.
“Hay muchas ciudades en Nueva York y cada uno ha de encontrar la suya”, nos dijo Nicole, una puertorriqueña radicada en México que nos mostró el suyo hecho de largos paseos y cafeterías, comida india y tertulias errantes con el hombre a quien ella misma llamaba “El poeta”, el colombiano Ricardo León, cuyo apartamento al sureste de Manhattan es lugar de paso para jóvenes artistas que con los años han ido escribiendo en sus paredes citas y versos regalados.
También hay muchos países en Estados Unidos. En Chicago Hugh Dellios, el jefe de corresponsales del Chicago Tribune nos mostró el de la sostenida crisis económica y el cambio de paradigmas en el mundo editorial. En una ciudad que nos enamoró con su impresionante arquitectura, la audacia del Millennium Park y el torrente de música de sus noches, Hugh, a quien conocí hace años en San Salvador, nos habló de las oleadas de despidos que ha sufrido su periódico en el último año. “Hay nuevos propietarios, y quieren reconvertir todo”, nos manifestó Hugh.
No mentía. En el hall del edificio, una torre de 22 pisos de estilo gótico, construida en 1925 y en cuyos muros hay incrustadas a modo de museo pequeñas piezas originales del coliseo de Roma, la gran muralla china o Notre Dame de París, la nueva gerencia había instalado una fotografía de mozos corriendo delante de los toros en los San Fermines, con el lema “Tradición. El simple hecho de que siempre lo hayas hecho así, no significa que no sea increíblemente estúpido”. Semanas después, el periódico, conservador, pediría por primera vez en sus 161 años de historia el voto para un candidato demócrata, Obama.
El Lejano Oeste
Denver fue, en nuestro viaje, un suspiro al que no quisimos escuchar. Armados con la Sienna y un lector de GPS ya no había grandes ciudades que nos interesaran en el mapa que nos llevaría a la costa, así que tras recorrer el parque nacional Rocky Mountain y sus lagos nos lanzamos a un rosario de carreteras secundarias y pequeños descubrimientos.
El primero, Central City, una decadente localidad de Colorado que fue minera y hoy tiene rostro de casinos baratos colmados de máquinas tragamonedas. Una mujer de pelo castaño vestida de época recorría la calle principal mientras hacía sonar una campanilla. Llamaba a función, a la de la pequeña pero elegante Casa de la Ópera del lugar, una pepita brillante en medio del lodo, construida en 1878 con el dinero del oro y en el que llegó a actuar el mítico Buffalo Bill Cody. Aquella tarde se representaba West Side Story.
Buscamos el sur hasta Durango y seguimos hacia el oeste hasta Cortez y el parque nacional Mesa Verde, un Machu Picchu norteamericano, en el que las impresionantes construcciones de piedra y barro hechas por el pueblo Anasazi en el siglo XIII, aferradas a la roca viva, hablan de una cultura muerta. En el país de los migrantes los únicos que nunca encontraron su sitio son quienes ya estaban en el lugar.
La cresta de Arizona nos llevó durante una noche hasta Kayenta y el amanecer nos sorprendió con el suelo rojo del pueblo de Monument Valley. Mis pupilas nunca serán las mismas. Subir hacia la desconocida Utah y atravesar sus valles de colores cambiantes y cerros inventados para las películas de John Wayne fue uno de los grandes regalos que nos hizo la carretera.
Despedimos Utah en Panguitch, una comunidad hospitalaria que esos días celebraba el aniversario de su fundación con rodeo todas las tardes. Un lugar en el que dejar asar a fuego lento la carne al uso de los viejos cowboys, hasta que queda seca como una suela de zapato, es además de un atractivo turístico una seña de identidad. Y la identidad, en medio de la nada, lo es todo.
Seguimos camino a través de las desoladas carreteras de Nevada y del mito del Área 51, donde el ejército supuestamente guarda ovnis y las preciadas pruebas de la existencia de extraterrestres, y California nos recibió con frío y con una plaga de incendios forestales que hizo los días cenicientos y dio cierto dramatismo al verano. “Es el ciclo de la vida, nos empeñamos en evitarlos, pero en realidad no deberíamos apagar ese fuego… Los bosques se renuevan, así ha sido siempre”, nos expresó con despreocupada sabiduría ecológica la novia de Frank, un desgarbado treintañero aficionado al ajedrez y oficiante de nuestro bautismo de bourbon, en una de las dos noches que pasamos con ambos en su hostal de montaña junto al parque nacional de Yosemite, pendientes de ser evacuados si cambiaba el rumbo del viento. Ya casi llegábamos al Pacífico.
Las últimas jornadas las dedicamos con calma a remontar hacia el norte hasta Fort Bragg, para bajar después por la costa de la mano de acantilados jalonados de faros y que tratan de hacerte olvidar que un poco más allá están los viñedos de Sonoma y en Napa. Nosotros, tratándose de vinos, hicimos gala de buena memoria y antes de abandonar nuestro vehículo en San Francisco hicimos una última parada para degustarlos.
Hacía falta un brindis. Si al inicio del viaje mirar hacia el cielo donde alguna vez estuvo el World Trade Center y adivinar el vacío que deberían ocupar las torres gemelas nos estremeció, abrir páginas más de 5.500 kilómetros allá y oler a libro nuevo en Columbus Avenue, en City Lights, la librería de San Francisco que editó a Kerouac, Allan Ginsberg y su cuadrilla, fue para nosotros, más que completar una ruta, firmar un contrato que te obliga a volver a la carretera.
Los Estados Unidos que llegan ahora a las manos de Obama son una nación siempre a medio construir pero que hace de sus contrastes un estilo de vida y de su solemne decisión de unidad una reivindicación, incluso después de ocho años de rupturas internas. Y tiene a favor que los estadounidenses, medio siglo después de que Kerouac les escupiera a la cara sus complejos y diferencias, admitieron que siguen descubriéndose a sí mismos, se enamoraron de nuevo de la palabra cambio y salieron al camino a buscarla, expertos como son en hacer novelesca su historia.