Estuvo cinco días en Guayaquil, vino para la apertura de un nuevo local, uno de los 588 puntos de venta que tiene en diversos países y que se maneja bajo franquicia.
La marca de Adolfo Domínguez, diseñador español, tiene su nombre basado en la elegancia sencilla, en el producto personalizado, en el esmero de querer lucir bien, pero sin recargos. Los colores básicos son el blanco, camel, azul marino y rojo, aunque también trabajan con toda la gama de colores como el púrpura y el verde.
El diseñador viste de blanco y azul marino, y un sombrero de paja toquilla que siempre lo acompaña. Definitivamente, esos son sus tonos.
Domínguez se inició a los 23 años, decidido a seguir los pasos de sus padres y abuela, pues ellos tenían un taller de corte artesanal y su abuela hilaba el lino en su propio telar manual. De este recuerdo es su fascinación por esta delicada tela, y aunque por muchos años estuvo un poco olvidada por las nuevas generaciones porque se arrugaba mucho, él la lanza nuevamente bajo el eslogan “La arruga es bella”.
Ha sido el modisto de Leticia, princesa de Asturias, desde que ella era periodista, y hoy por hoy –aunque con menos frecuencia– sigue visitando su tienda. “Ella personalmente escoge sus cosas, es sencilla, muy inteligente y culta”.
Adolfo empezó de a poco, antes solo lo ayudaba su esposa Elena, ahora tiene todo un equipo que diseña, pero él sigue dando el visto final. Al preguntarle qué piensa de la elegancia, contesta que “un buen libro bajo el brazo. El refinamiento intelectual es indispensable en la elegancia. El rostro de los 40 es el que uno se ha dado, el que se tiene a los 15 años es un regalo de la naturaleza”.