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Gonzalo Peltzer | Opinión Internacional
El club del desierto
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ARGENTINA |

El Presidente de Irán ampara y protege a los asesinos de 116 argentinos, sin contar los heridos. Los protege porque el poder antisemita instalado en Irán es el verdadero autor intelectual de ambas masacres.


Un amigo periodista catalán criticaba estos días al New York Times por su cobertura de los salvajes atentados en Bombay. Lo que le molestaba era que el diario de los Sulzberger publicara con destaque, entre los casi 200 muertos, el ataque a un centro judío de la ciudad, en el que, por cierto, murieron cinco personas, entre ellos un rabino y su mujer. ¿Por qué hacen este escándalo por el centro judío si los ataques fueron contra hoteles, hospitales, estaciones... y contra el turismo extranjero? venía a decirme, más o menos, el colega.

¡Vos no entendés nada! Lo provoqué para que atienda lo que le iba a decir con un poco de bronca contenida ¿No te das cuenta de que para un neoyorquino,  lo que le pasa a un judío en cualquier lugar del mundo es una noticia local? Para el New York Times, Israel es el sexto borough de la ciudad y es tan local una noticia de Israel como algo que ocurrió en el Bronx o en Queens. Y lo local, lo cercano –eso lo sabe cualquier periodista– es el gancho más fuerte de cualquier noticia que publicamos.

Lo sabemos los porteños de Buenos Aires, que tiene la misma proporción de judíos que Nueva York. Por eso en esta pelea sin límites ni jurisdicciones que se ha desatado al terminar la guerra fría, Buenos Aires ha sido blanco de terribles ataques anti-judíos. El 17 de marzo de 1992 un comando suicida demolió con un bombazo la Embajada de Israel en Buenos Aires, en la esquina de las calles Arroyo y Suipacha. Fueron 29 los muertos, entre ellos dos curas de la parroquia de enfrente. El 18 de julio de 1984 de nuevo golpeó el antisemitismo en Buenos Aires. Ese día una bomba destruyó la sede de la Asociación de Mutuales Israelitas Argentinas (AMIA) y mató a 87 personas. La masacre de la AMIA es el mayor atentado colectivo contra los judíos después de la Segunda Guerra Mundial.

Las bombas matan, pero los que asesinan son los que planean y ejecutan los atentados. Como Argentina es Argentina, todavía no hay ni un solo preso por esta continuación del genocidio. Pero sí hay acusados. El 25 de octubre del 2006 la fiscalía que investiga el caso dictaminó la culpabilidad del Gobierno de Irán y señaló a Hezbollah como brazo ejecutor de ambos ataques. También pidió la captura internacional de ocho ex altos funcionarios y diplomáticos del Gobierno de ese país. Los habitantes de Buenos Aires –y supongo que también los de Nueva York–  consideramos a los judíos como parte de nuestra esencia colectiva. No se concibe Buenos Aires sin rusos, como los llamamos cariñosamente porque casi todos ellos llegaron de Rusia en la época de los pogromos de fines del siglo XIX y luego la persecución nazi en gran parte de Europa hasta la Segunda Guerra. La inmigración se cortó por las buenas relaciones del poder de entonces con el Tercer Reich. Pero ya habitaban en el país cientos de miles de judíos que habían sido acogidos con alegría y hospitalidad y se hicieron tan argentinos como los italianos, españoles, polacos o libaneses que llegaron a nuestros puertos en busca de la paz y el futuro de libertad que no encontraban en su tierra natal.

Pero resulta que el Presidente de Irán ampara y protege a los asesinos de 116 argentinos, sin contar los heridos. Los protege porque el poder antisemita instalado en Irán es el verdadero autor intelectual de ambas masacres.

Quizá comprenda ahora mi colega catalán por qué la prensa de Nueva York reacciona de esa manera ante los ataques de Bombay, pero lo que nadie entiende es el gusto del matrimonio presidencial argentino por el desierto. Ambos están peleados con el mundo civilizado, que huye de sus diatribas y lecciones de Maestro Ciruela. Tampoco pueden pasearse tan fácil por su propio país porque se arriesgan a los tomatazos de sus ciudadanos hartos del saqueo del poder. Así que no le queda otra a la Presidenta que exhibir su cosmética recargada de rímel entre momias y tiendas del desierto. Hace un par de semanas se fue a  tomar el té con Kadafi y Mubarak, entre Trípoli y El Cairo. Y volvió rápido para alcanzar a tomarse algunas fotos entre Íngrid Betancourt y Madonna de visita en la Argentina, pero eso sí, en la Casa Rosada y sin periodistas.

El club del desierto es lo que queda cuando no te reciben los grandes. Quizá le gustaría, pero ya expliqué por qué Cristina tampoco puede ir de visita a Irán ni hacerse una foto con Almadinejah.

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