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| Pedro X.Valverde Rivera | |
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¡Gracias, León! |
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No tengo el gusto de conocer personalmente a León; jamás he hablado con él, no soy afiliado al Partido Social Cristiano ni tengo mayor relación con sus familiares o allegados.
Por ello, me siento en libertad de escribir este artículo como ciudadano libre, como guayaquileño consciente de la historia, que la ha vivido durante 38 años.
Yo apenas tenía catorce años de edad cuando León Febres-Cordero en aquel famoso debate televisivo desafiaba a su oponente, Rodrigo Borja, a que lo mire a los ojos al hablar.
Ese es el primer recuerdo que tengo de León y luego, en el ejercicio del poder, fajándose con una visceral e inconsecuente oposición que siempre tuvo como misión suprema impedirle gobernar.
Qué épocas aquellas en las que existía un Congreso independiente de oposición, que interpelaba y censuraba ministros, que fiscalizaba al Gobierno, que ejercía plenamente y exigía la rendición de cuentas del poder político. No como ahora que al parecer, el mismo ciudadano es gobierno, oposición, auditor y juez supremo.
León desde el gobierno, fue el mejor alcalde que hasta entonces Guayaquil había tenido; porque ajustó cuentas desde las alturas y exigió un trato igualitario para su ciudad.
Por eso, su pueblo se volcó a las calles a recibirlo al finalizar su mandato.
También recuerdo cómo el Ecuador se vio amenazado y agredido por las primeras células subversivas armadas, en épocas en que Colombia era azotada por M-19 y Perú por Sendero Luminoso.
Y solamente gracias a la firmeza y decisión de León, el Ecuador pudo librarse de ese cáncer social que desangró al Perú y lo postergó en todo sentido por más de una década y que aún desangra a Colombia.
Solo piense, amigo lector, ¿qué habría sido del Ecuador si nuestro presidente en esos tiempos hubiere sido, por ejemplo, Javier Ponce, Gustavo Larrea o María Augusta Calle?
Entonces, al margen de los errores (muchos de los cuales he señalado en varios artículos desde esta columna) durante su trayectoria política, a León hay que reconocerle la oportuna y eficaz lucha contra la subversión armada y el terrorismo en el Ecuador y el sacrificio personal y valentía para levantar de las cenizas a su amada Guayaquil.
Aún recuerdo cuando iba a pagar el impuesto predial y una funcionaria roldosista me atendía mientras degustaba un sándwiche de chancho; exigiéndome pagar en efectivo, a cambio me entregaba un recibo sin membrete con su sola firma, manchado con la grasa del suculento bocado.
Esa era Guayaquil: la que se inundaba con la más mínima lluvia, que tenía cerros de basura acumulada por doquier, que tenía servicios públicos ineficientes, llena de pipones y corrupción; la que tenía un malecón y una Rotonda en la que no se podía transitar ni de día ni de noche, por los olores a orina y otros desechos y por la delincuencia que hacía de las suyas a vista y paciencia de la casi inexistente Policía Metropolitana.
Léonard Sylvain Jules Sandeau, reconocido escritor francés del siglo XIX dijo alguna vez:
“La gratitud es como aquel licor de oriente que solo se conserva en jarras de oro, perfuma las almas grandes y se agria en las pequeñas…”.
Gracias, León, por haber luchado con el alma por el Ecuador; gracias, León, por habernos devuelto a Guayaquil para nunca más dejárnosla arrebatar.
Gracias, León… |
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| Gonzalo Peltzer |
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