Hoy se recuerda el Día de los Discapacitados. Las historias de Jorge Rivera y Aracelly Arteaga cuentan cómo superaron las limitaciones.
Espera a que el semáforo se ponga en rojo y cruza la calle. El color no significa nada para Jorge Rivera, pero el sonido de los motores, o mejor, su silencio a la espera de la luz verde, es la señal para pasar.
Tiene 61 años y es ciego desde hace 46, pero eso no le impide movilizarse en su actividad como vendedor porque se guía por su agudo oído y por su excelente memoria, que le permite reconocer el orden de las calles y su sentido.
Rivera vive en Durán. La mayor parte de sus clientes y proveedores está en Guayaquil. Él vende plumas, camisetas y calendarios a diferentes locales de esta ciudad, negocio cuya demanda aumenta en este mes.
Pero su esposa Graciela Rojas se preocupa porque se incrementa el desorden en el tráfico vehicular y peatonal. “Jorge se orienta bien; sin embargo, es muy confiado y a veces los sonidos lo aturden”, comenta.
Rivera admite que ella tiene razón, pero eso no lo detiene en su recorrido de al menos 7 horas diarias. Algo que sí le molesta es la actitud de las personas ante sus limitaciones.
Es cerca del mediodía. Su viaje diario lo lleva a la la troncal Río Daule, donde tiene un disgusto. Intenta poner la tarjeta en el lector y al no lograrlo un guardia quiere quitársela para ayudarlo. Eso, para Jorge, es una ofensa. Hace un movimiento rápido y lo evita; vuelve a tantear el lector, escucha el pito, extiende su bastón y pasa.
“Me humilla, me hace sentir inútil, no es mala intención pero no saben ayudar. Deben guiarme, no hacer las cosas por mí. Soy una persona normal que no puede ver”, manifiesta.
Recuerda sin reproches cuando perdió la vista. Tenía 15 años y jugaba fútbol. Se cayó, sintió sucia la cara y se restregó los ojos. El diagnóstico: córneas perforadas, infección, ceguera.
Después, su familia lo retiró del colegio y se convirtió en el asistente de su padre en los negocios. “Me mandaba a hacer gestiones solo”, recuerda mientras sale de la parada Boca-Nueve, en el centro de Guayaquil.
Su esposa Lita -como él la llama de cariño- le pregunta a dónde van. Él responde: “Baquerizo Moreno y Víctor Manuel Rendón”. Es una óptica. Son las 13:26. Le dicen que este año no lo necesitarán. Él no se desanima, sabe que es temprano y todavía tiene dos negocios y tres proveedores que visitar.
Saca su agenda, una cartulina verde, y lee su itinerario en braille. Tiene que llegar al local donde le hacen los grabados a las plumas que vende. Se detiene en una tienda, toma una cola y recuerda que una vez lo confundieron con un mendigo. Estaba ofreciendo sus productos cuando le dieron una moneda.
Testimonio: Comprensión
Jorge Rivera
No vidente
“La gente no entiende cómo un discapacitado puede trabajar, es que no nos incluyen”.