martes 02 de diciembre del 2008 Columnistas

Manicomio o inframundo

Esto va por Patricia y por todos los que viven como ella. Patricia soporta desde hace quince años un diagnóstico de “esquizofrenia paranoide”, una hospitalización ininterrumpida y obligada, y todas las condiciones que la institución psiquiátrica le impone, irracionales algunas de ellas. Sobrelleva su existencia con admirable valor, de lo cual aparentemente sus psiquiatras no se han percatado, porque hace años dejaron de escucharla como se debe oír a un semejante; si lo hicieran –pues siempre están “muy ocupados”– sus doctores descubrirían que ha mejorado y que en ella subsiste una dimensión de cordura y dignidad humana que se resiste a sucumbir, pese al trato que le dispensan. Su familia ya no quiere saber de ella y se limita a pagar la pensión mensual en el hospital para que allí pase el resto de sus días: “Que sufra la plata, pero no la familia”.

La única que todavía la escucha desde hace cuatro años –cuando Patricia no está “castigada” por fumar– es su psicóloga, quien acude puntualmente dos veces por semana para ayudarle a sostener su relación con el lenguaje, consigo y con la realidad. El “castigo” incluye perder su sesión de psicoterapia. La psicóloga no es empleada del hospital, es una “voluntaria militante” que siguió la indicación de René Lew, un psicoanalista francés que recomienda deseo, convicción y compromiso como requisitos para atender a los locos.

Los antipsiquiatras dirían que Patricia es un síntoma social. Los sistémicos, que es un síntoma familiar. Los psicoanalistas hablarían del “sinthome” lacaniano. Los psiquiatras sentenciarían que Patricia está llena de síntomas. Añadiríamos que Patricia es un síntoma de la psiquiatría ecuatoriana y de lo poco que al Estado le importan los llamados “enfermos mentales”. La verdad es que de esto nadie sabe nada, excepto quizás ella misma y un poco su psicóloga.

Esto no será leído por muchos psiquiatras ecuatorianos, que “festejarán” su Congreso Nacional desde el 11 de diciembre en Quito. Entre conferencias que casi nadie oye y cocteles que todos disfrutan (pagados por la industria farmacéutica), muy pocos  se acordarán de las Patricias que existen en los manicomios o inframundos. Como Maud Mannoni decía: A  los psiquiatras no les interesa que esto cambie, porque no se han dado cuenta de que ellos también viven “asilados” en el manicomio.

Los psicólogos podrían hacer algo: son muchos y se quejan de que les falta trabajo. Si la institución manicomial los incorporara a su nómina para que tomen a su cargo la psicoterapia con aquellos que la requieren, habría empezado una verdadera revolución de ciudadanos en este país. ¡¿Cómo es posible que aquí haya manicomios que tienen un solo psicólogo de planta para 200 pacientes?!

Los psicoanalistas podrían hacer mucho: tienen –por excelencia– la clínica de la palabra. Pero mayoritariamente no lo hacen. “No retroceder ante las psicosis” es la consigna que les dio “su” Lacan, y que ellos usan para “articular conceptos”, escribir artículos y arriesgarse a disertar sobre “la clínica de las psicosis” sin abandonar la confortable seguridad que les da su consultorio.

Del Estado ecuatoriano mejor ni hablemos…

En definitiva, que hable aquel al que le importa algo esta historia en el Ecuador.

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