Mantener y preservar un patrimonio de la naturaleza no es nada fácil. Es más difícil y complejo que mantener un patrimonio de arte y cultura, como iglesias y monumentos. Ahora tenemos que preocuparnos también de la invasión de microbios a las islas Galápagos.
Por años el esfuerzo de instituciones y personas ha estado dirigido a impedir la entrada de animales y plantas. Hace algún tiempo, sin saber cómo ni cuándo, había llegado una pareja de caprinos a una isla. Se reprodujeron por miles y fue preciso que entre el ejército para eliminar las cabras. Estos animales voraces ya iban terminando la vegetación de la isla.
Si hay apropiado control, es fácil impedir la entrada de perros, gatos o plantas de tamaño grande. Pero hay animales y plantas microscópicas que pueden y de hecho han ingresado por distintos medios. Hay ahora miles de insectos que se mueven de una isla a otra, en los barcos grandes.
En 1785, nuestro médico y sabio Eugenio Espejo sostuvo, por primera vez en la historia de las ciencias, que las epidemias de viruelas no eran producidas por el aire corrompido sino por partículas o atomillos vivientes. Conocedor como era de la historia de la medicina, sabía que las viruelas eran originarias del África desde donde se extendieron al Medio Oriente y que llegaron a Europa cuando los árabes invadieron esta parte del planeta. Con gran lógica, Espejo sostuvo que no fue el aire de los barcos el que llevó la epidemia sino esas partículas que llevaban en su cuerpo las personas y animales. Algo parecido está sucediendo en Galápagos. Somos portadores de millones de microbios en nuestra piel, en el aire que expiramos, en nuestra ropa. Por suerte, la mayoría de estos microorganismos son inocuos. Algunos son capaces de desencadenar epidemias y pestes en animales y plantas, como el virus de la viruela aviar, que puede acabar con varias especies de aves.
El minucioso Informe Galápagos 2006-2007, elaborado por técnicos muy calificados, en un esfuerzo conjunto entre la Fundación Darwin, el Parque Nacional y el Ingala, presentado hace días en Quito, revela la dura y diaria lucha para preservar la ecología de las islas. Un ejemplo: en el 2006 detectaron la presencia, por primera vez, de 490 especies de insectos, 6 de ellos altamente invasores. Asimismo se ha detectado el ingreso de escarabajos, cucarachas, hormigas, avispas y otros. Estos invertebrados, a más de los daños que por sí mismos son capaces de producir, son también portadores de microbios.
Desde el 2005 hay un sistema de desinfección de los aviones. Sin embargo, en ellos se han encontrado invertebrados vivos como: mosquitos, grillos, arañas, polillas. Estos, así como esporas de hongos patógenos, pueden atacar a las plantas y animales propios de las islas y, en general, son causantes de alteraciones ecológicas, algunas irreversibles. Lo que interesa de las Galápagos no solo por el moderno “derecho de la naturaleza” sino por conveniencia y obligaciones legales del país es preservar, sin daños, este precioso patrimonio, este único museo de la evolución biológica.