martes 02 de diciembre del 2008 Columnistas

Teherán por Bogotá

Hasta que en Bogotá no haya un “gobierno decente” no se restablecerán relaciones diplomáticas con Colombia. Ese fue el anuncio oficial que hizo el Jefe de Estado en junio de este año. Ya saben, ciudadanos de nuestra hermana República; ya sabe, señora Betancourt, la culpa es de ustedes, los colombianos, por elegir como presidente a un “indecente”. Elijan a otro gobernante que pase el examen de “decencia” que administra Carondelet.

Como todo país medianamente civilizado, la política exterior del Ecuador había venido desarrollándose sobre el principio de que las relaciones internacionales se establecen entre estados, no entre personas. Es cierto que no siempre fue así. Durante siglos lo que hoy conocemos como relaciones internacionales eran realmente relaciones entre monarcas. Eran ellos los que pactaban alianzas, declaraban la guerra, hacían la paz, establecían comercio o lo bloqueaban. Después de todo, eran propietarios de la geografía sobre la que ejercían su poder.

Un proceso lento de transformación política –que implicó la democratización y racionalización jurídica del poder– terminó con la abolición de este paradigma. No siendo propiedad de nadie, los estados cuando entran en relaciones lo hacen al margen de las personas que transitoriamente los gobiernan. Así lo ha entendido el mundo moderno.
Excepto en el Ecuador de hoy, donde ha reaparecido esa visión monárquica de las relaciones externas –probablemente como un reflejo de la manera de ejercer el poder internamente– y se ha instalado esta doctrina de los “presidentes decentes”.

Como toda nueva doctrina, esta –que podría sintetizarse diciendo que el Ecuador solo tiene relaciones con jefes de Estado “decentes”– debe tener seguramente alguna explicación a ciertas inconsistencias. Por ejemplo, cómo explicar que el Ecuador mantenga relaciones diplomáticas con Nicaragua si su máximo líder ha sido acusado, nada menos, de haber abusado sexualmente de su hijastra por once años, desde que tenía 9 años de edad, obligándola, entre otras cosas, a ver con él filmes pornográficos.

Ortega ha logrado esquivar la justicia de su país gracias a que gozaba de inmunidad –era legislador– cuando se hizo pública la declaración de la víctima ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, y por haber prescrito la acción bajo la ley de Nicaragua.

También esta doctrina de la decencia deberá tener alguna explicación sobre la ansiedad que ha demostrado el Gobierno por establecer relaciones diplomáticas con la República Islámica de Irán. Y esto porque su presidente, Mahmud Ahmadineyad, en diciembre del 2006 –pocas semanas antes de que venga al Ecuador como invitado a la transmisión de mando– inauguró en Teherán una conferencia mundial dedicada a demostrar que el Holocausto nunca existió, que los millones de judíos asesinados por Hitler es un simple invento y que Israel debe desaparecer.

Como si lo anterior fuese poco, el Consejo de Seguridad de la ONU ha impuesto severas sanciones económicas a Irán en vista de su programa de enriquecimiento de uranio, paso previo al desarrollo de armas nucleares.

Aprenda, presidente Uribe. Estos líderes –un violador de menores y un pro nazi– han pasado nuestro examen de decencia.
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