Es indudable que estamos a inicios de la crisis económica mundial, apenas en el punto desde donde la economía global comenzará a caer, donde la crisis financiera comenzará a afectar la economía real. No vemos el fondo de ella, no sabemos cuánto durará, no sabemos todavía qué medidas lograrán darle la vuelta. Las noticias que recibimos son cada vez peores conforme pasa el tiempo, basta leer los titulares del Financial Times o del Wall Street Journal: desempleo, reducción en la demanda por bienes, caída en los precios de petróleo, cierre de empresas, toma estatal de bancos. Las medidas de corrección anunciadas por los responsables americanos y europeos de la economía son reemplazadas por otras, una vez que prueban su inutilidad. Si bien hay cierta esperanza en que el nuevo equipo económico del presidente Obama de la confianza a los inversores, hay consenso de que salir del desastre económico actual tomará buena parte de su primer mandato.
La crisis nos ha llegado ya, pero también estamos solo en sus inicios.
Los principales productos de exportación comienzan a caer, los pedidos futuros, también, el emblemático precio del petróleo lo hace aún más precipitadamente, también se resienten las remesas, con consecuencias directas en el bienestar de los ecuatorianos que sacrificaron sus familias, para alcanzar un futuro esperanzador.
¿Y el Gobierno qué? Su reacción me parece limitada. Trata de apuntalar al sector productivo con varias medidas de protección arancelaria, reducción de la presión tributaria y disminución de la presión sobre el sector financiero. A ello se añade una política de gasto fiscal que se anuncia como más prudente, dejando para mejores años algunas de las inversiones mayores en obras públicas. ¿Es esto suficiente para aprovechar la crisis como oportunidad?
Hay que mirar al pasado en búsqueda de respuestas. Cuando nos pegó la crisis de los años treinta entramos en un largo periodo de crisis económica, inestabilidad política y presión social. Solo cuando llegó el banano en los años cincuenta realmente salimos de la crisis. Otros países como los del Cono sur lo hicieron diferentemente, apoyaron el desarrollo de su sector industrial, lo que ayudó a modernizar su sistema institucional, los del Asia construyeron un potente sector exportador.
Cuando nos golpeó la crisis de fines de los ochenta terminamos con un sistema bancario en escombros, una gran factura fiscal y la dolarización. Nos salvó una coyuntura petrolera y de exportaciones excepcional. Pero al poco tiempo estamos de vuelta en problemas. Parece que nunca le sacamos provecho a las crisis y seguimos en la montaña rusa de las subidas y bajadas, utilizando casi siempre medidas parciales y contradictorias, esperando la recuperación de nuestro principal producto de exportación.
¿Me pregunto si no hay posibilidad de hacerlo de otra manera y salir? Sí, creo que es posible, pero eso implica despegarnos de nuestro modelo primario exportador. Apuntar al desarrollo de algunos sectores de mayor valor agregado, que sustituyan nuestras exportaciones tradicionales, invertir en infraestructura y promover el ahorro entre los ecuatorianos. Requiere combinar protecciones arancelarias, gasto corriente cuidadoso y apoyos fiscales para industrias estratégicas e inversiones en carreteras e hidroeléctricas. Requerimos unas políticas con apuesta al futuro y no al pasado y nuestra dependencia en la industria extractiva. Quizás el presidente Correa y sus principales responsables económicos re-visiten sus textos de historia sobre la recesión de los años treinta, sus lecturas sobre los milagros heterodoxos del Asia y en última instancia a Keynes. Todavía no es tarde.