Quienes están infectados hablan de los momentos más difíciles y del apoyo familiar para seguir.
Desde que supo que en su cuerpo se multiplicaba velozmente el virus del VIH/sida, la vida de Andrea, una guayaquileña de 36 años, ha sido un constante caer y levantarse.
Se acerca la hora del recreo en una escuela donde ella es profesora. El ruido que hacen los niños la distraen mientras cuenta que la primera de las caídas fue la muerte de su esposo en junio del 2004. “Cuando él estaba enfermo nunca me puse a pensar en el futuro, pero en ese momento todo fue muy difícil”, recuerda Andrea, y que su esposo -infectado con su primera pareja- la contagió hace seis años. “Cuando uno se casa piensa que ese será el último hombre de su vida, nunca nos cuidamos, porque además yo quería tener un hijo”, explica.
Su hija, de 6 años, ha sido el motor para que Andrea pueda levantarse. Cada vez que la mira, dice, se llena de fuerzas para seguir batallando contra la enfermedad. “Cuando me cambian de tratamiento a uno que incluye medicamentos más fuertes, me pregunto cuánto me queda por vivir, uno, dos años”, señala esta profesora que actualmente tiene que tomar los fármacos Kaletra y Convivir, uno de los últimos esquemas contra el virus.
La vida de Roldán, de 22 años, también ha tenido “subidas y bajadas”. Se contagió a los 17 años, según estima Patricio Hernández, el médico que lo atiende en el hospital de Infectología. Este dauleño terminaba la adolescencia cuando acudió a un “chongo”, una especie de prostíbulo en su ciudad y mantuvo relaciones con una portadora del virus.
No se percató de la infección hasta que le sobrevino una tuberculosis extrapulmonar que lo llevó al hospital Luis Vernaza, donde los médicos le dijeron a su madre que lo iban a someter a una prueba de microelisa.
Antes de darle los resultados, le advirtieron: “lo que nos imaginábamos, eso tiene su hijo. Tiene que ser fuerte, no es el primero ni el último caso”.
Roldán estuvo hospitalizado en Infectología la semana pasada, pero ya pensaba en volver a Daule con su familia, la que ha sido su apoyo en estos cuatro años viviendo con el sida.
“Los amigos se alejan, solo la familia le ayuda a uno a levantarse cuando está caído”, cuenta mientras mira a su madre al pie de su cama.
A Carlos, otro afectado, el sida le ha dado momentos de luz y oscuridad. “Entré temeroso, algo me decía que el resultado no estaba a mi favor. Me hicieron pasar a una habitación y tras una breve introducción vino la oscuridad: era seropositivo”.
La ayuda de una psicóloga de la Cruz Roja, a la que él llama “un ángel con apariencia humana”, le dio las fuerzas para luchar. Lo presentó con otros que como él están infectados y que pertenecen al grupo de apoyo de la institución. “En estos momentos estoy tomando los antirretrovirales, hay días en que los estragos son fuertes y el decaimiento me quiere vencer, pero a mi mente vienen los nombres de los demás miembros del grupo de apoyo y me levanto, camino y avanzo”.
Hoy Carlos es un consejero en el grupo. “No sé cuánto tiempo viva, pero de lo que sí estoy seguro es que ahora, cosa tan rara, vivo mejor”.
Opiniones
Roldán, 22 años
Infectado
“Los amigos se alejan cuando se enteran, solamente la familia lo ayuda a uno a levantarse cuando está caído”.
Andrea
Infectada, 36 años
“Cuando uno se casa piensa que ese será el último hombre de su vida, nunca nos cuidamos, porque quería tener un hijo”.