Nadie ha dicho algo más hermoso sobre las películas musicales que el realizador francés Francois Truffaut. Después de una incontable visión más de Singin’ in the rain, clásico del género de hace medio siglo, él se dirige a Gene Kelly –protagonista, bailarín y coreógrafo– en una de sus célebres reflexiones críticas: “Querido Gene: mucho me han dejado las grandes películas, pero tú hiciste lo más importante: me enseñaste a cantar bajo la lluvia”.
Ni Truffaut ni Kelly están por aquí en los impactos mundiales de la oscura realidad virtual de Batman, aplastado por un diabólico Guasón en Dark Knight. Airear o aligerar percepciones del entretenimiento cinematográfico requiere ahora una adrenalina creativa vinculada a una compleja audiencia global, donde las alternativas musicales a veces se descubren en los nidos más insólitos. Y grandes actrices entran a dimensiones inusitadas en vehículos donde uno jamás hubiera soñado verlas.
Con Meryl Streep la sorpresa es menor, porque no es la primera vez que esta actriz del cine y teatro de Nueva York incursiona en el género. Pero verla ahora a sus desinhibidos 59 años, cantando, bailando y metamorfoseándose en ex reina de la música disco durante su retiro en una isla griega es algo que recomiendo no solo a los fanáticos de las comedias musicales. Mamma mia! es una adaptación de la obra teatral que irrumpió en los escenarios londinenses hace diez años, inspirada en algunos éxitos de ABBA, grupo ochentero que puso a Suecia en el mapa de las nuevas generaciones.
Meryl es el eje de la historia y literalmente se roba el show de todos sus magníficos coprotagonistas, incluyendo los resplandecientes escenarios de las islas griegas. Su personaje –la madre soltera que no sabe cuál de los tres ex amantes fue el padre de su hija– puede ser a la vez tierno, burlesco y muy humano. Encima, ella nos contagia su apabullante alegría de vivir en las canciones de la película.
De la misma manera, la oscarizada Marion Cotillard recrea la vida de Edith Piaf en una de esas actuaciones que impide distraernos con cualquier otro vericueto de la cataclísmica historia de la cantante. La vie en rose es una película francesa hecha a lo grande: su reconstrucción del sórdido mundo parisino en la primera mitad del siglo pasado se desarrolla en varias décadas y la actriz es insuperable en su captación de las tragedias personales del gorrión de Francia.
En la extraordinaria fuerza de su interpretación, Marion podría ser la hija francesa de Meryl Streep. Esta mujer de 33 años hasta se atreve a interpretar con su propia voz a capela una de las canciones, además de sus emotivos doblajes –ahora digitalizada– de la voz de Piaf. A veces grotesca y excesiva, La vie en rose no se podría encasillar en el género musical de Mamma mia!, pero con sus dos increíbles actrices estamos transportados a fantasías y existencias supremamente reales. Con ellas todavía podemos abrir los paraguas y cantar.