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Edición del DOMINGO 30 de Noviembre del 2008 EL UNIVERSO inicio e-mail
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María Mercedes Gómez con su hija Carla Mussfeldt en 1993, en una de sus constantes visitas.
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Texto: María Mercedes Gómez

Pocas personas que hayan visitado Florencia se resisten al encanto de una ciudad pequeña que tiene más arte por metro cuadrado que ninguna otra en Italia. Y todo aquel que haya tenido el privilegio de haber vivido allí es un poco “campanilista” en el fondo. Campanilista se denomina a todo florentino que piensa que no hay nada que valga realmente la pena si se encuentra a una distancia desde donde el famoso Campanario de Giotto ya no es visible.

Para vivir en Florencia, sin embargo, hay que pagar un precio muy alto y es estar siempre y en casi toda época del año rodeado de los miles de turistas provenientes de todas partes del mundo que inundan la ciudad cada día, para poder caminar por las estrechas calles, admirar las iglesias y palacios de los siglos XIV, XV, XVI, respirar el mismo aire que en su tiempo respiraron los grandes maestros como Miguel Ángel, Brunelleschi, Giotto, Masaccio, Dante, Botticelli y tantos otros, así como visitar todos los museos que hay en la ciudad.  O simplemente para decir  ‘¡estuve en Florencia!’ (como si fuera algo que hay que hacer por el simple hecho de haber estado en Italia).

Pero conocer Florencia es mucho más que solo correr de un museo a otro y ver todas las obras a “vuelo de pájaro”. Porque para disfrutar realmente de todo el arte que esta pequeña y hermosa ciudad ofrece se necesita de mucho tiempo o muchas visitas. La lista de museos, iglesias y palacios es interminable. Y cada uno de ellos es una joya que merece ser admirada.

Tuve la suerte de vivir en Florencia durante 4 años en una época en que la ciudad era más vivible de lo que es hoy en día. Bastaba solamente tratar de integrarse en la vida de la ciudad y sus habitantes, aun con el carácter esquivo y muy especial de los florentinos. Quienes no se abrían de buena gana a los extranjeros, a pesar de vivir del turismo (los turistas son más bien tolerados como un mal necesario).

Ser invitado a la casa de un florentino era más difícil que ser invitado a casa de cualquier otro italiano, pero cuando eso pasaba era una muestra de amistad verdadera. Había que aprender a conocer y apreciar la comida toscana, una comida simple y más bien campesina –de la cual ellos están muy orgullosos– que no siempre agrada al que viaja con la idea de que en Italia solo hay que comer pasta y por tanto se pierde de probar los platos típicos de la cocina florentina como crostini di fegato, fettunta, ribollita, pappa al pomodoro, panzanella, bistecca alla florentina o trippa alla florentina, y postres como castagnaccio o biscottini di Prato con vin santo.

Había que darse el tiempo (como hacían los florentinos) para ir a tomar un aperitivo antes del almuerzo en Giacosa (vía Tornabuoni), el café en Gilli (Piazza della Repubblica), el chocolate caliente en Rivoire (Piazza della Signoria) y el helado en Vivoli (la más famosa heladería de la ciudad, cerca de Piazza Santa Croce).  Escaparse de la ciudad los domingos para ir a esquiar (en invierno), a la playa (en verano) o a  la “campagna” el resto del año. Aprovechar un día de sol en primavera para caminar hacia el Piazzale Michelangiolo y admirar la mejor vista de la ciudad o pasear por los jardines de Boboli; los días grises y lluvioso del invierno para regresar a ver el David de Miguel Ángel, la Anunciación de Fra Angelico o el Crucifijo de Cimabue sin la intromisión de turistas, algo que nunca más pude repetir en ningún viaje posterior.

Florencia es, sin duda, la ciudad más bella de Italia.  Haber vivido allí es un recuerdo que llevo siempre muy presente.  Y regresar es, cada vez, como volver  a casa después de un largo viaje.


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