No recuerda bien cómo fue aprendiendo el oficio porque prácticamente nació con él. Este artista en el tallado en madera dice que su vida estuvo marcada por el arte desde que estaba en el vientre de su madre. Su abuelo ya fallecido, José Pillajo, fue un artesano reconocido que dejó su huella a las demás generaciones de su familia. De él aprendió su padre, Ángel Pillajo Navas, quien le transmitió luego sus conocimientos. “Es una herencia y se lleva en la sangre con ganas y con pasión. Desde que me acuerdo trabajaba con mi papá en el taller y sabía hacer de todo”, dice Manuel Pillajo Mila, quien este año ganó el primer premio –en el género escultura– del Festival de Artes en Presencia y Al Aire Libre (FAAL), que organiza el Municipio de Guayaquil.
Pillajo, guayaquileño de nacimiento, llevaba seis años consecutivos participando, pero fue en esta edición y tras madrugadas de esculpir detalles diminutos en madera, que obtuvo el reconocimiento con su obra Mi urna. Es una urna funeraria, en la que destacan ángeles, pilares de estilo colonial que fueron formados con las manos y cada una de las herramientas, una especie de cinceles con puntas especiales que Manuel maneja casi de memoria.
En las calles Seis de Marzo y Calicuchima, su taller es una exposición perenne de arte. Destaca no solo por ser el único en medio de los espacios dedicados a la fabricación de monigotes, sino por las obras que se observan en el portal y un letrero hecho en madera con la palabra Tallista.
Pillajo hace toda clase de trabajos: puertas, juegos de sala, comedor, urnas, adornos y esculturas. Pero siente una afinidad innata por el arte, por crear y difundir de una manera diferente su trabajo. Por ello inició los estudios de una Licenciatura en Arte en la Facultad de Filosofía de la Universidad de Guayaquil.
Empezó el primer semestre de una carrera de cuatro años, en la que ya lleva una experiencia de toda la vida. Asegura que sus 46 años los ha dedicado a prosperar con este oficio.
Con el estudio busca completar su formación para transmitir lo que sabe a otras generaciones y mantener así esa tradición familiar. A diferencia de su padre, que tuvo doce hijos (tres dedicados a tallar), Manuel aún no tiene descendencia, pero empezará por enseñar a su sobrino, de 12 años, su vocación. Lo hará pese a que está lejos de considerarse un maestro. Para llegar a ese nivel, dice, aún le faltan canas en la cabeza y experiencia en las manos.
Por lo pronto tiene sueños pendientes que esculpir: invertir los 3.000 dólares del FAAL en una exposición de sus mejores obras y grabados e inmortalizar a su perrita Flaca en madera antes de que el cáncer terminal que padece acabe con ella. El otro es una constante en su vida: seguir con su oficio hasta que el Señor le diga “quiero un tallador acá arriba”. (K.V.)
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