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Edición del DOMINGO 30 de Noviembre del 2008 EL UNIVERSO inicio e-mail
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Desde Las Encantadas
Regata en Galápagos, recuerdo inolvidable
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Gian Carlo Toti en la embarcación Fanfarrón.
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Paula Tagle | nalutagle@yahoo.com

No hay nada como sentirse llevado por la naturaleza misma, los surfistas por las olas, los veleristas por el viento, los esquiadores por la gravedad. Volver a lo que fuimos antes, cientos de años atrás, seres que regían sus vidas por designios naturales...”.

Para cuando salga este artículo seguramente habrán pasado ya muchas semanas de la VIII Copa Galápagos. No importa, es el mismo mar, y el mismo viento, y el sentimiento de los participantes perdura.

Esta regata oceánica se repite cada tres años desde 1987. Fue instituida por el Gobierno Nacional mediante Decreto Ejecutivo y se realiza con el apoyo interinstitucional de la Armada Nacional, la Federación Ecuatoriana de Yachting y la Cofradía Oceánica del Ecuador.

Yo estuve ausente de Galápagos por aquellos días, me perdí el espectáculo de los veleros de colores arribando a las islas, primero San Cristóbal, luego Isabela y finalmente Santa Cruz. Pero a través del relato de un amigo, vibro con la travesía a mar abierto, se me alborota el cabello, siento sabor a sal en los labios y sonrío, sonrío con el viento.

Ojalá todos los barcos volvieran a la vela. ¡Que sea una fuerza natural la que nos impulse! No hay nada como sentirse llevado por la naturaleza misma, los surfistas por las olas, los veleristas por el viento, los esquiadores por la gravedad. Volver a lo que fuimos antes, cientos de años atrás, seres que regían sus vidas por designios naturales, por la luna, las estrellas, las mareas.

Y con la inteligencia de Homo sapiens, aprovechar estas fuerzas de la manera más óptima; así, en la vela, no todo obedece al viento; depende del hombre (o a la mujer) que entiende en qué dirección abrir la vela, cuáles y cuántas, y a qué hora takear o trasluchar, de qué manera distribuir el peso, cómo diseñar la travesía. Una combinación de fuerza, inteligencia, trabajo en equipo, y por supuesto, orquestado por el elemento natural, el viento. Para Giancarlo Toti lo importante, más que ganar, era estar en la regata. Claro que el espíritu de competencia motiva, el llegar primero, el mostrar la mejor estrategia de navegación o romper un récord.

Sin embargo por lo que escucho, cuenta más la emoción de ser parte de un todo, un equipo, una tripulación, y de recorrer millas de mar, enfrentando las fuerzas naturales, pero también gracias a ellas.

La Copa tuvo tres divisiones: blanca, verde y azul. Pertenecían a la categoría blanca los cascos construidos antes de 1991; su desventaja en relación a otros veleros se compensaba a través de la fórmula IMS (International Measurement System). La fórmula, que es bastante complicada y depende de múltiples variables, permite que los botes, no sus navegantes, estén al mismo nivel.

Con bandera azul estaban los cascos construidos luego de 1992, y con bandera verde las embarcaciones multicascos, como trimaranes, catamaranes.

Participaron 30 veleros: 15 nacionales, 9 peruanos, 4 chilenos y 2 de otros países. Luego de las cuatro pruebas disputadas, el ganador fue Bravo, de Juan Carlos Plaza. El segundo lugar fue para Alfonso Bringas con Papyrus, de Perú, y el tercero para Javier Arribas con Hawk, también de Perú.

Giancarlo era tripulante de Fanfarrón, de Juan Pablo Jaramillo y Jorge Roca; un Volker de 45 pies, para ocho personas. Le tocaban guardias de tres horas en el día y tres horas en la noche, cubriendo cualquier posición: marcación de la ruta, ajuste de la vela Génoa, o su favorita, el spinnaker. Y justamente Fanfarrón sorprendió a todos al zarpar de Isabela con su spinnaker azul completamente hinchado al viento.

Cuando compiten embarcaciones en distintas divisiones es difícil entender quien lleva la delantera. Arribar primero no significa necesariamente haber ganado; se deben aplicar los coeficientes del hándicap para determinar la mayor puntuación.

Fanfarrón llegó a Puerto Ayora, luego del trayecto final, sin saber si podía o no celebrar victoria. Aunque de todas formas, la victoria era ya de todos los veleros y sus tripulaciones, por haber cruzado seiscientas millas de océano entre el continente y las islas encantadas, a puro viento.


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