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Edición del DOMINGO 30 de Noviembre del 2008 EL UNIVERSO inicio e-mail
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¿A qué edad ‘amarrarse’?
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Dr. Lenin E. Salmon | lsalmon@gye.satnet.net

La parte clave del tema es, por supuesto, su falta de experiencia (de la preadolescente) en el trato con los chicos y la serie de potenciales peligros que le esperan al otro lado de la calle”.

Es la pregunta más importante que se hace una preadolescente al comenzar a sentir los cambios hormonales característicos de esta etapa. De la manera en que descubra la respuesta va a depender cuán gratificantes o cuán frustrantes serán los años de su adolescencia. Es también una pregunta muy trascendental para sus padres, ya que, preparados o no, van a compartir las experiencias de sus hijas y sus efectos en la vida familiar.

Pero no existe una respuesta clara y definitiva.  Para empezar, no es una cuestión de edad cronológica (las mismas niñas, en encuestas, han afirmado que puede ser entre los 13 y los 16 años, que para una adolescente es como medio siglo).  Tampoco se trata solo de madurez, pues, ¿quién es maduro a los 13 años? Pero por allí habría que empezar: actuando responsablemente, siendo digna de confianza y fluida para comunicarse con sus padres, demostrando prudencia en sus actos.
Aún así, nada garantiza cómo va a manejarse a la hora de la hora (no hay que olvidarse de que en una relación afectiva la niña  es solo  la mitad de la ecuación).

La presencia de la madre
La parte clave del tema es, por supuesto, su falta de experiencia en el trato con los chicos y la serie de potenciales peligros que le esperan al otro lado de la calle.

Por esta razón es imprescindible que se produzca un acercamiento de parte de la madre para dialogar (instruirla sutilmente) sobre temas relacionados con esta etapa en la que se van a presentar cambios fundamentales en todas las áreas, incluyendo la vida afectiva. Mientras más naturalmente se produzcan y se acepten los cambios, más fácilmente se irá adaptando a los mismos; de allí la necesidad de que la madre, con mucha paciencia y amor, le interprete cada nuevo hito alcanzado, amoldándolo a su personalidad.

La adolescencia: evolución y revolución
Y es una etapa de cambios rápidos: no llega la niña a terminar de aceptar que sus piernas se han alargado más de lo que deseaba, cuando le sale la primera espinilla o el peinado anterior ya no va con su nueva forma de cara, o descubre abochornada que el desodorante es para uso frecuente. La vida se llena de minidramas diarios. El resultado neto es que muchas niñas desarrollan inseguridad social, produciéndose reacciones de ansiedad y depresión.

La inseguridad tiene que ver con el temor al rechazo de sus amigas y el consiguiente impacto en la probabilidad de conocer y gustarle a lo chicos, ya que de aquí en adelante los hombres y las mujeres andarán exclusivamente en grupos.  Y sentirse marginada para una adolescente es como estar en el infierno. Consolar a una hija que sufre al sentirse rechazada o aislada es una de las labores más duras y tristes que un padre pueda enfrentar.

Los peligros
Pero la respuesta no es empujar a la niña a que sea “popular” a toda costa, ya que hay que tener presente que ella no tiene experiencia en ese campo. Por buscar popularidad, una niña mal supervisada puede, por ejemplo, usar la internet para agresivamente acercarse a los chicos de una manera que pueda parecerles atractiva a ellos, en detrimento de su imagen. O, por aparentar tener más experiencia, asociarse virtualmente con personas desconocidas o con intenciones patológicas.

Muchas niñas inseguras logran la atención de los chicos haciendo cosas que las otras niñas no hacen (bebiendo, fumando, trasnochando, viéndose a escondidas). Muchas otras, por huir de problemas en su casa (peleas conyugales, alcoholismo, abuso) pueden acelerar todo el proceso e involucrarse en problemas todavía más serios.

En esta etapa de formación, como en ninguna otra, la presencia de la madre puede ser la diferencia entre tener una hija que crecerá feliz, disfrutando al compartir sus experiencias y su afecto con un chico que valga la pena, o tener un problema para largo. Lo ideal es que desde temprano se vaya estimulando en la niña el espíritu gregario, pertenecer a uno o más grupos, practicar un deporte, tener un hobby,  fortalecer su amor propio.

De esta manera aprenderá que si se prepara  de la forma correcta, todo lo que sucederá ocurrirá también de la manera correcta, y cuando deba suceder. Entonces estará lista para “amarrarse” como Dios manda.


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