La fotografía obligada para inmortalizar el recuerdo de que uno ha estado en la capital estadounidense es pararse delante de la Casa Blanca. Aquel majestuoso edificio ubicado en Pennsylvania Avenue, al noroeste de Washington DC. Por aquí pasan miles de visitantes a diario que buscan retratarse: casi a la mayoría les sucede que, mientras esperan sonrientes que el flash sea disparado, un cuadro inusual distrae la acción: una anciana de raro rostro, con un fardo de ropas, mira con un cartel en mano titulado “The real terrorist” (“El verdadero terrorista”), el mismo que muestra a Bush con un turbante y largas barbas. Es Concepción Martín Piccioto, una gallega de Vigo, España, que lleva 26 años en vigilia pacifista antinuclear y anti Bush cuando inició la presidencia.
Vive en el parque de Lafayette, frente a la Casa Blanca, en una improvisada covacha donde tiene frazadas cuadriculadas sobre una madera que la utiliza como cama, fundas de ropa, recipientes de todo tipo y soportando la inclemencia del clima.
La saludé y me dio la bienvenida. Transcurrió la conversación y me di cuenta de que su aspecto de demente no tiene relación, en realidad, con el funcionamiento de su cerebro. Conchita tiene una historia de desesperación personal que la llevó a expresar su impotencia. Cuenta que emigró a los Estados Unidos, se enamoró de un estadounidense-italiano, se casó y procreó a una hija. Luego de una tormentosa separación, su marido le quitó a su pequeña. Un tribunal de Manhattan estimó que ella no era apta para criar a la niña, a quien se refiere como ”mi alma, mi vida” y no ve desde hace 18 años.
Entonces emprendió un peregrinaje por despachos políticos de Nueva York y Washington en busca de ayuda, pero en todos los sitios le indicaron que no podrían hacer nada. “El sistema social norteamericano no quiso que la tenga, aquí no hay justicia, es un negocio”. Ante la impotencia, se rebeló contra todo lo que le parece mal. Menciona las armas nucleares y la guerra, a la que califica como “la peor estupidez inventada”.
Una patrulla de policías ronda por los alrededores de la antes llamada Mansión Ejecutiva. A Conchita la han intentado sacar en varias ocasiones, pero no pueden. La Constitución estadounidense señala: “No se promulgará una ley que restrinja la libertad de expresión”. Eso sí, las ordenanzas de Servicio de Parques y Jardines le prohíben dormir en sacos, sentarse en sillas o portar más de una pancarta. Concepción lo sabe, sin embargo, persiste en su rutina.
Es una mujer muy amable, casi la anfitriona del sitio. Vive de donaciones de gente que pasa por el sector, aunque también vende piedras de la paz pintadas por ella.
Estaba en este país a propósito de una invitación del Departamento de Estado a 130 periodistas a nivel mundial. En el momento en el que más de 10 mil reporteros en este país han sido separados de los periódicos por la labor inmediata de la internet y sus blogs. El fin de la visita a los EE.UU. fue, entre otras cosas, saber cómo se maneja la prensa a puertas de una elección presidencial.
El diario The Washington Post manifestó abiertamente su apoyo al demócrata Barack Obama. Un editorial señaló que Obama cuenta con la “admiración” del periódico y tiene “cualidades admirables”. Además, “Obama tiene el potencial para ser un presidente excepcional”. Una tendencia pública que nos llamó la atención a la mayoría de periodistas latinoamericanos que participamos del programa Edward Murrow.
A Conchita poco le interesa la política. Le importa que le reparen el agravio de no vivir junto a su hija. El New York Times también ha tenido una tendencia marcada durante mucho tiempo. Apoyó a los demócratas John Kerry en el 2004 y Al Gore en el 2000. Ahora lo hace con Obama.
Medios de prestigio respaldando abiertamente a los candidatos, sin embargo, no marcaban favoritismo en la información. Pude observar durante casi un mes que se les daba el mismo espacio y no se dejó de informar lo que hacían o dejaban de hacer. La revista Editor & Publisher publicó que Obama superaba a McCain en los respaldos de periódicos en una proporción de tres a uno. No obstante, en una de las charlas a las que asistí en el New York Times, un analista político aseguró que tales respaldos de la prensa tienen poca influencia entre los votantes, especialmente durante la carrera presidencial.
Hay que reconocer que Bush ha tratado de reflejar tolerancia con la libertad de expresión y hasta Condoleezza Rice, su secretaria de Estado, ha dicho que “no hay pilar más importante para la democracia que una prensa libre y activa”.
Justo estábamos en el edificio que ella preside y en una ronda de charlas se presentó nada más ni nada menos que el legendario periodista Bob Woodware, quién pasó a la historia junto a Carl Bernstein por destapar el escándalo de Watergate, que terminó con la dimisión del presidente Richard Nixon en 1974. Me sorprendí de que la administración republicana invitara a quien cuestiona el periodo de Bush.
Woodward ha publicado Bush en guerra, Plan de ataque: cómo se decide invadir a Iraq y negar la evidencia. En este último libro revela las quejas de Condoleezza Rice sobre la información que Donald Rumsfeld, ex responsable de Defensa, ofrecía a Bush. El periodista cita a Rice, quien habría afirmado sobre la guerra: “Es una fábula, una historia... que evita los problemas reales”.
Y de las críticas respaldadas con documentos, quiero pasar a las simplemente cómicas. Programas como Saturday Night Live durante años han hecho parodias a presidentes y políticos de turno, sarcásticas burlas a celebridades de la música y el cine del momento. También un poco más subido de tono el programa de dibujos animados no apto para niños con cuya transmisión me quedo realmente sorprendida.
A mi criterio, el contenido traslada lo chistoso a un ámbito completamente ofensivo a partir de situaciones personales y profesionales. The little Bush, una diversión semanal que muestra irreverentes aventuras del ‘Pequeño Bush’, ridiculiza al hombre de la Casa Blanca y a otros de la escena política. Pregunté a gente que trabaja en prensa si alguna vez ha sido censurado The little Bush, y respondieron: “¿Y por qué?, si más de 90 millones de personas lo ven y disfrutan la libertad de expresión”.
Una respuesta que me recuerda al artículo 19 de la Declaración Universal de Derechos Humanos, aprobada por las Naciones Unidas en 1948: “Todo individuo tiene derecho a la libertad de opinión y de expresión, de investigar, opinar y recibir información y difundirla sin límites de fronteras por cualquier medio de expresión”.
La visita a los Estados Unidos fue interesante a nivel profesional como personal. Bod Woodward sitúa a la libertad de expresión como el derecho inalienable de cada ciudadano... ¿Hasta cuándo piensa quedarse aquí siendo la piedra en el zapato de los presidentes, y reclamando por lo que no le parece justo?, le pregunté a Conchita, y me dijo: “Solo Dios lo determinará”.